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9 de julio del 2007. Cae nieve en Monte Grande

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28.8.10

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"Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón el de la tolerancia"

INFORME ESPECIAL | EL JUEVES SE FESTEJA EL DIA NACIONAL DE LA SOLIDARIDAD

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El maravilloso acto de dar
En la región, muchos vecinos aportan su tiempo y sus ganas para colaborar con los demás. Una asociación que ayuda a escuelas rurales de Formosa y madres que mantienen un ropero comunitario son ejemplos de que la solidaridad se resume en una sola acción: dar sin esperar nada a cambio.
Inforegion.com.ar



Mientras Alida junta retazos de tela y se imagina un saquito con mangas y cuello de colores que será para alguna de las mujeres internadas en el hospital Estevez, Perla se sienta a la máquina de coser y da sus últimas puntadas al pantaloncito que irá a parar a la sala de neonatología del Gandulfo. El resto de Las Mamitas, cálidas y entusiastas todas ellas, se dedican a doblar las prendas terminadas en su ropero comunitario y a colocarlas en cajitas de colores, que han preparado para cada ocasión.

Ernesto, en cambio, es un manojo de ansiedad y nervios. En dos semanas partirá, por décimo séptima vez, al monte formoseño, donde apadrina nada más ni nada menos que a 40 escuelas aborígenes, a las que visita varias veces al año con dos objetivos, hacer llegar las donaciones que consigue un grupo de vecinos de la región y proveerlos de lo más importante: cariño, atención y un mensaje, el sur del conurbano bonaerense no se olvida de ellos.

Así como Lucas González, vecino de Mármol, no se olvidó de su pueblo natal en el litoral argentino. De la tierra roja y la vegetación verde furioso de su querido Garuhapé-Mí, ubicado en pleno corazón misionero y habitado por apenas 2000 habitantes, adonde regresó con un deseo que hoy es realidad: dar vida, con la ayuda de todos, a la Biblioteca popular San Miguel.

El próximo jueves se festejará en Argentina el día al que ellos, y muchos otros, hacen honor a diario: el que rinde culto a todos aquellos que guardan en su vida un espacio para la solidaridad. A quienes, además del esfuerzo, el altruismo, el sacrificio y la abnegación, los une algo más importante: DAR sin mirar a quién y sin pedir nada a cambio.


¿Solidaridad o generosidad? En tiempos de valores trastocados y virtudes humanas en crisis, habría que pensar en principio a qué se le llama, por estos días, solidaridad.

Los sociólogos y especialistas en conductas y vínculos humanos la catalogan como “uno de los valores humanos por excelencia, del que se espera cuando un otro significativo requiere de nuestros buenos sentimientos para salir adelante”.

El Papa Juan Pablo II la definía como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno para que todos sean realmente responsables de todos”.

La Real Academia Española es más concisa y, al parecer, más precisa. “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, dice con cierto desparpajo y, por supuesto, menos aprensión.

Es que para que la solidaridad no sea simplemente esto último y, por el contrario, se acerque a lo que alguna vez anheló el Santo Padre, son necesarios varios factores: dar sin importar a quién, sin recibir nada a cambio y sin que poseamos en abundancia aquello que ofrecemos.

Tal es el caso de Las Mamitas, un grupo de siete mujeres de entre 40 y 73 años que desde hace seis mantienen un ropero comunitario en un aula de la escuela 75, ubicada en Felipe Castro y Florencio Sánchez, en el barrio lomense de Santa Marta.

“Desde 1997 que nos juntamos de lunes a viernes en el roperito y el único motivo por el que faltamos es si hay alguna emergencia”, relata su creadora, Alida Acuña (73), a Info Región, mientras se mueve en un espacio lleno de telas multicolores e hilos de diferente textura.

De repente, hace su entrada al aula su compañera más fiel: Perla Durón (62), cargada con varias bolsas en las que se traslucen los materiales que esa mañana aportaron alumnos y docentes. “De ropa viejita que nos donan, hilos o cualquier tela, hacemos algo. Cambiamos los puños, cosemos, zurcimos. Todas las docentes de la 75 vienen con su bolsita y mucha gente nos ayuda”, advierte la recién llegada y resume: “Nosotras no tenemos, no damos lo que nos sobra. Lo que conseguimos es lo que damos”.

Es así que todos saben que de esa aula de la 75 emana el mejor ejemplo que da la escuela: Alida, Perla, Norma Sanabria, Ana De Rojas, Gladys Torres, Adelina Salgado y Jorgelina Morera son para todos los alumnos un modelo de solidaridad y, sobre todo, de cómo se construye en base a la generosidad.

“Las personas generosas lo son con el prójimo independientemente de si éste le va a dar algo a cambio, de si piensa igual o no, de los atributos económicos, sociales o las características de pertenencia. La generosidad nace del corazón, de un lugar muy profundo y bastante inexplicable como es el de los sentimientos”, apunta el escritor y especialista en vínculos humanos Sergio Sinay, que prefiere hablar de generosidad antes que de solidaridad, al asegurar que la primera es un “acto moral” que, como tal, surge naturalmente de las personas.

Y, citando al poeta libanés Kahlil Gibrán, señala: “Se es generoso de verdad, no cuando se le da al otro lo que el otro necesita, sino cuando se da lo que uno mismo necesita”.

Y no existe mejor explicación que esta frase para definir la noble tarea que, a diario, realizan estas mujeres, atentas a las necesidades de quienes las rodean y con sus ganas de ayudar intactas a lo largo de los años.

“No hay que quedarse quietos, lamentándose por los necesitados. Un nene que va al colegio con una remera y un guardapolvo sin botones en un día de mucho frío, no puede estudiar, entonces le damos un buzo, una camperita y le cocemos el delantal, hacemos algo”, reflexiona Alida y, orgullosa, resalta: “Mis mamis son unas leonas”.

La iniciativa se le ocurrió a ella, cuando atravesó el duelo por la pérdida de su marido. Como si hiciera falta, aclara: “Nos pusimos Las Mamitas porque esto lo hacemos con todo el amor que puede dar una madre”.

A fines de julio, estas madrazas hicieron llegar prendas de todo tipo a un comedor de Catamarca y por estos días preparan buzos, joggings y polleras para las internas del Estevez.

Pero quizás una de las iniciativas que les da más satisfacción es la que tuvieron el agrado de concretar en diciembre, cuando hicieron entrega de treinta ajuares para los recién nacidos del área de Neonatología y Maternidad del hospital Gandulfo.

Según cuentan, la retribución no tarda en llegar. La sonrisa de los más chicos, sus ojos luminosos, y las letras bien pronunciadas de la palabra gracias, las ayudan a seguir adelante.

Lo que sucede mágicamente ese día en el roperito sirve de maravilloso ejemplo. Una dulce y melódica voz de apenas 7 u 8 años entra como una ráfaga al aula: “¡Gracias por la camisa abuelita! ¿Te ayudó a ordenar la ropa?”. Las Mamitas sonríen y saben que, por ese día, ya obtuvieron su mejor trofeo.

Una fuerza que une. Ya lo decía la poetisa nicaragüense Gioconda Belli, “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. Pero a esa bella expresión cabría agregarle también que es la única fuerza que puede unir los puntos más remotos cuando hay una necesidad imperante de por medio.

Así lo ha entendido un grupo de vecinos de la zona sur que, desde hace cinco años, han decidido formar la Asociación Civil de Padrinos de Escuelas Rurales de Formosa.

Se trata de Bibiana Zapata, Ernesto Desideri, Emma Veyga, Joaquín López Alfonso, Lucrecia Haded, Guillermo Traversa, Alejandra Ávila, Fabián Cattaini, Verónica Dángelo, Julio Obermaiter, Alicia Castillo, Roberto Orquin, Silvina Malaise y Luis María Tamborero, que se conocieron en 2005 en la Asociación civil de Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (APAER), que funciona en la ciudad de Buenos Aires.

Desde ese momento, decidieron ponerse en campaña y emprender su propia cruzada solidaria, por la cual hoy son padrinos de 45 escuelas rurales aborígenes en diferentes localidades del monte formoseño.

Pirané, El Colorado, Palo Santo, Ibarreta son algunos de los pueblitos que se suceden hasta llegar a Ingeniero Juárez, una de las zonas más humildes. A todos ellos llega el camión repleto de ropa, calzado, útiles y, sobre todo, frazadas y alimentos.

Es Ernesto Desideri (69), de Alejandro Korn, quien mayor cantidad de escuelas apadrina. Ayuda nada más ni nada menos que a 40, a las que visita hasta cinco veces por año. “Me cuesta llegar a todas por la distancia, pero más difícil se me hace volver, abandonarlos, porque es dura la despedida en cada escuela”, afirma.

Lo mismo le sucede a Luis Tamborero (60), de Banfield, que desde 2006 hizo tres viajes y, según asegura, el último -que fue en mayo- lo marcó. Es que llegando a su escuelita, la 414, sus ojos se chocaron con una imagen que guardará por siempre en la retina. “Los chicos me esperaban con un cartel que decía ‘Is ta lanämhen’, que significa ‘bienvenido padrino Luis’ en wichi”, cuenta y, con emoción, agrega: “Esta causa se me hizo carne. A la noche cuando me voy a descansar y empiezo a recorrer mentalmente los rostros de cada uno de ellos, es infernal porque te cambia la vida”.

Es que, además de la gran cantidad de donaciones que les hacen llegar, los padrinos son portadores de otras virtudes, aquellas con las que emprenden cada viaje al Norte y que les acarician el alma a cada uno de sus ahijados: cariño y contención.

“Hay muchas necesidades. Es por eso que ellos aprecian mucho nuestra presencia, tanto o más que aquello que les llevamos”, apunta Desideri, quien bautiza su actividad como “un hobbie del corazón” y, por estos días, se prepara para el 1º de septiembre emprender un nuevo viaje.

El último fue el 24 de abril. “A las escuelas que tienen luz y agua llevamos ropa, calzado y útiles y a las que están en pleno monte formoseño, como la mía, la prioridad es de alimentos, medicamentos y frazadas”, apunta Luis.

Desde hace cuatro meses, Desideri forma parte de la Comisión directiva de APAER, transformándose en el primer hombre en integrar ese staff. Y aunque llegó primero a ocupar ese lugar, suele lamentarse por no haber emprendido antes esta misión solidaria: “Dios me iluminó tarde, hoy quisiera tener 20 años menos para hacerlo más seguido. Es que no tengo mucho para dar, es esto lo que me genera riqueza”.



De Mármol a Misiones, sin escalas. A 160 kilómetros al nordeste de Posadas fue fundado hace 59 años Garuhapé-Mí, un pueblito de escasos 2000 habitantes que nació y creció en torno a la actividad de un gran aserradero, la empresa Garumí S.A..

Allí mismo nació Lucas González, en pleno latir del corazón misionero. Fue en esa tierra fértil que dio sus primeros pasos y que registró vivencias que lo marcaron a fuego.

No obstante, al cumplir 14 años su familia se vio expulsada de su hogar ante el cierre de la única empresa que le daba trabajo al pueblo. Lucas llegó, así, a establecerse en José Mármol, localidad de Almirante Brown. Pero la mayoría de los habitantes no corrió con su suerte y desde 1998, en que cerró el aserradero, subsisten a duras penas.

Lo cierto es que los 1200 kilómetros que, desde entonces, separan a Lucas de su ciudad natal, nunca lo distanciaron de las necesidades de quienes fueron sus vecinos y es así que en 2007, a sus 36 años, decidió volver con un solo objetivo: darles una mano.

Lo primero que se le ocurrió fue ayudar a los más chicos. “Gracias a las donaciones de muchos vecinos, de la Biblioteca Estrada, de trabajadores de prensa de Adrogué y de todos los que emprendimos esta cruzada, que somos oriundos de Garuhapé, pudimos inaugurar en septiembre de 2008 la Biblioteca San Miguel”, cuenta González y los ojos se le iluminan.

Tras la creación de la Biblioteca -que funciona en una de las dos escuelas que posee la pequeña ciudad, la primaria Nacional 344- era imperioso resolver otro problema: regularizar las tierras de los vecinos, en riesgo de remate tras el cierre del aserradero, empresa propietaria de la mitad de la tierra del pequeño poblado. “Gracias a la cruzada solidaria, el Gobierno provincial tomó intervención en el conflicto y ofertó al demandante para expropiar los terrenos”, apunta González, que hoy trabaja en otro proyecto: crear una biblioteca por localidad en Brown.

Rescatando al otro. Son bien distintos. No los hermana una generación ni el barrio en el que viven. Se dedican a cosas diferentes y, a la par, sueñan con ver realizados proyectos disímiles.

Pero lo cierto es que tanto Las Mamitas del ropero comunitario como los vecinos de la región que se preocupan a diario por conseguir ayuda para sus escuelitas formoseñas y el joven que evitó la desaparición de su pueblo natal, están unidos por un hilo trasparente que transforma en verbo a la solidaridad quedándose con aquella palabra que se forma, mágicamente, en el centro de la misma: DAR.

Según apunta Sinay, en ellos coincide una capacidad simple, pero no por eso ejercitada por todos: ver al otro. “A nuestra sociedad le está haciendo mucha falta reconocer que el otro es necesario para la existencia de cada uno de nosotros. La generosidad se va a extender en la medida en que se extienda la idea de que el otro es siempre un fin, nunca un medio. Porque cualquier valor que uno nombre, ya sea la empatía, la generosidad o la sinceridad, sólo se puede ejercitar con el otro”, indica el especialista e invita a la reflexión: “Sería interesante que un día fuéramos todos generosos porque, de esa manera, ya no habría necesidad de ser solidarios”.

Cintia Vespasiani

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