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9 de julio del 2007. Cae nieve en Monte Grande

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19.6.10

Sudáfrica y su mundial de fútbol 2010

"Cuando alguien asume un cargo público, debe considerarse a si mismo como propiedad pública" Thomas Jefferson



POR UN MUNDIAL DE LA ALEGRÍA

Por Jorge Barraza


“¿A quién se le ocurrió traer el Mundial acá?”, gruñen por lo bajo muchos periodistas europeos. La vieja canción del fastidio, sobre todo en los primeros días, suena de fondo en la antesala del Mundial 2010. Natural, Europa es un continente maravillosamente preparado para estos eventos, posee infraestructura, transportes, hotelería, cientos de ciudades deliciosas y, por encima de todo, tradición futbolera. Cualquiera pierde en la comparación con el Viejo Mundo.
Pero la Copa está en África, y está bien. Hay que democratizar, universalizar el Mundial, que no puede ser patrimonio exclusivo de una región. Volamos por una excelente línea aérea de Malasia; llegamos y la fantástica flota de autos y buses afectada al Mundial es de una empresa coreana; Waka Waka, la canción oficial del Mundial fue obra de una colombiana (Shakira); el futbolista del momento es argentino (Messi). Los ejemplos podrían seguir. El eje Europa-Estados Unidos ya no es indispensable a ningún efecto. El planeta es más que nunca una aldea global. La Copa también debe globalizarse.
Representa, además, un justo homenaje al África, tierra explotada si las hay por potencias extranjeras, que ha fecundado tantos jugadores de los que Europa se ha servido apetitosamente; continente donde el fútbol es también religión para millones de almas y salvación para varios miles. 
Los primeros días cuesta acomodarse y ello genera algún malhumor, neutralizado por la amabilidad de los sudafricanos. En rigor y sin discriminar, debemos decir específicamente de los sudafricanos negros. No es que los blancos no sean amables, es que casi no se ven (representan apenas el 9,2 por ciento de la población). Y virtualmente todos los trabajadores con los que uno debe tratar, en el aeropuerto, los negocios, los hoteles, el Centro de Prensa, el bus, etcétera, son los descendientes de los xhosa y los zulúes, las dos grandes etnias que componen esta hermosa nación.
Los morenos se mueven, es verdad, a un ritmo parsimonioso. Carecen de nuestra histeria, viven con naturalidad, dejan fluir. Los índices de desocupación y pobreza son altísimos, pero no hay crispación en ellos. No paramos de admirarlos por esto. No se escuchan bocinazos en el tránsito, nadie grita ni se altera.


El pueblo sudafricano siente un orgullo desbordante por esta Copa Mundial. Sabe que hoy la patria de Mandela es el centro del universo. Se ha hecho un plausible trabajo para estar a tono con la exigencia tecnológica y estructural que requiere esta competencia. Y se palpa el clima festivo, que el mundo verá en cada uno de los 64 juegos. Decenas de miles de personas marcharon ayer por las calles hacia Mandela Square, en una pacífica caravana compartida por negros y blancos (dada su peculiar historia, es imposible referirse a Sudáfrica sin mencionar la cuestión racial). El amarillo predominante, el verde secundario y las infernales vuvuzelas dominaron la alegre movilización. Las vuvuzelas, que los sudafricanos se atribuyen como su aporte al fútbol internacional, son las consabidas cornetas que llevan a la cancha y que ya generan gran preocupación. Si 60.000 hinchas se ponen al unísono a tocar sus vuvuzelas, directamente no se va a poder desarrollar el juego normalmente. Ya hubo quejas de los futbolistas por esto. Miles de blancos desfilando con banderas desmintieron la afirmación de que no gustan del fútbol.

Pero no es sólo entusiasmo, Sudáfrica se ha preparado bien. Es cierto, aún revolotean por el estadio pintores con la brocha y albañiles con el fratacho, sin embargo está todo lo que se necesita, ninguna delegación se ha quejado de nada, hay miles de periodistas que pueden cumplir normalmente con su tarea difusora, estadios y centros de prensa impecables. Periodistas y aficionados extrañaremos la excelente red ferroviaria alemana en los desplazamientos. Y punto. En los otros rubros, Sudáfrica no es menos que Alemania. La germana no fue la Copa de todos los tiempos. Lo necesario estuvo. No sobró nada. Tampoco era que uno apretaba un botón y aparecía Beckenbauer.

No hay transporte público en Johannesburgo. Ni taxis, nada. Es su gran debilidad. Resulta complicado describirlo. Se trata de una ciudad importante, moderna, imponente en vastos sectores, aunque, de mínima, es extraña. No hay negocios en las calles, ni estaciones de tren o de subte, tampoco paradas de bus como las conocemos en Latinoamérica, que representan un punto aglutinante. Ese hecho la deshumaniza, pues se nota poca presencia de gente en la vía pública. Hay extensas autopistas y para moverse es imprescindible un vehículo. Hasta el fin del apartheid, cuentan, la gente de raza negra necesitaba un pase para entrar al centro, vivía recluida en ghettos, el gobernante blanco pensaba que no tenía por qué desplazarse. “¿Para qué darles transportes?”…
Tampoco hay bares a la calle, como en Europa o el Río de la Plata; los bares son un punto de referencia, de encuentro, un termómetro del sentir ciudadano. Aquí, para todo hay que recurrir a los centros comerciales. 
Pese a cualquier déficit puntual, aventuramos que será el Mundial de la alegría. Brindamos por ello.



  




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