Primeras expediciones al Tucumán y Cuyo
Por culpa de unas gallinas
“Año de 1542; habiendo el licenciado Vaca de Castro vencido y ajusticiado a Don Diego de Almagro y reducido el Perú al servicio de su Majestad, pareciéndole que no había con que gratificar toda la gente de guerra, acordó de dar algunas conquistas y entradas; y entre las que dió, proveyó que los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutierrez y Nicolás de Heredia fueran en compañìa a decubrir delante de Chile el reino de Arauco...”
Asi comienza Diego Fernández, el Palentino, la cronica de esta “famosa entrada”.
Por “entrada” se entendía la exploración de un nuevo territorio con miras al poblamiento y ocupación de la tierra. En ésta los comienzos no podían ser mas promisorios: mas de doscientos caballeros bien armados, acompañados de servidores negros e indios yanaconas. Iban también varias mujeres españolas, entre ellas “la Enciso”, amiga de Felipe Gutierrez, la Mari-López, amiga de Bernardino de Balboa y Leonor de Guzmán, mujer de Hernando de Carmona. Las tres, mujeres del pueblo. Si hubo otras, sus nombres no han llegado hasta nosotros. Luego del largo cruce de la Puna y la cordillera, al llegar al pueblo de Chicoana entre los diaguitas de los valles “hallaron allí gallinas de Castilla, y preguntando a los indios de donde las habian habido, dijeron que las había pasadas las montañas’”, hacia el este. Desde el Cuzco donde partieran habían recorrido ya casi medio Perú y todo el territorio de la actual Bolivia hasta llegar a los después llamados valles calchaquíes.. Realmente era extraño encontrar en esos parajes gallinas europeas. Alguien las habría traído desde Asunción, poblada desde 1537 por la gente de Pedro de Mendoza pero nadie sabía en el Perú de esa fundación. A los soldados les picó la curiosidad y quisieron cambiar el rumbo hacia el este. Gracias a las gallinas, pues, entraron los españoles en territorio argentino en vez de seguir hacia Chile como estaba proyectado Asi se descubrió la región del Tucumán, la mas poblada de nuestro territorio, en la cual vivían desde hacia siglos los aborígenes de las culturas mas evolucionadas del que sería nuestro país.
Los nuevos conquistadores atravesaron bosques tropicales y regiones salitrosas. No era época de cosecha y les resultaba difícil conseguir comida, pero lo peor era la falta de agua. Era tan solo el principio de los males. Al llegar a Salavina los aborígenes que todavía no los habían molestado, los atacaron de imprevisto: habían llegado a tierra de juríes y sanavirones. Diego de Rojas fué herido en una pierna y “la Enciso” trató de curarlo como mejor pudo. Lo que no sabían aún era que los juríes usaban flechas envenenadas. Cuando comenzó su efecto el pobre don Diego “comenzó a darse golpes y cabezadas, y como no sabían lo de la hierba, le dijeron algunos, especialmente Mercado, su maestresala, que la Enciso le había dado ponzoña para que Felipe Gutierrez y Heredia quedasen en el mando”. Ante semejante calumnia la pobre mujer pedía a gritos a Dios que castigara al culpable. Diego de Rojas murió, pero quien inventó la calumnia fué alcanzado al poco tiempo por un flechazo y comenzó también él “a darse de golpes y cabezadas con gran desasosiego como lo había hecho Rojas, y viéndose en las últimas mandó llamar a la Enciso y le rogó que por el amor de Dios lo perdonara..” Después de hacerse rogar un poco ella lo perdonó “y murió luego Mercado”. A todo esto Heredia venía rezagado pues había salido después de La Plata con solo veinticinco soldados mas los consabidos indios flecheros y servidores negros que siempre acompañaban a las huestes. Un guía indio los llevó a través de la cordillera y luego Heredia decidió esperar noticias de los que iban mas adelante “levantando un pueblezuelo de casas donde estuvieron muchos días padeciendo harta necesidad y trabajos con peligro de los indios que de continuo les daban asaltos al cuarto de la modorra.” Sigue contando el Palentino que una noche se presentaron mas de seis mil “con grande alarido y sonido de bocinas que traían.” El número parece un tanto exagerado pero revela la inmensa desproporción de fuerzas que debió existir y que de hecho existió en todas las expediciones de conquista en las que la ayuda de indios amigos fué decisiva. De todos modos la superioridad numérica era abrumadora. En una ocasión debieron dejar cuatro caciques prisioneros al cuidado de una mujer pues “la Mari -López dijo que no era tiempo de tener los hombres las manos quedas y que en tal sazón el oficio de guarda a ella le pertenecía y se ofreció a guardarlos con su espada y rodela” Y allí se quedó, vigilando a los cuatro hombres atados
Después de reunirse con el resto de sus compañeros siguieron recorriendo la zona de La Rioja y Catamarca sin que los indígenas los molestaran, durante un año. Luego, cruzando la actual Pampa de Achala y la Sierra Chica cordobesas, asentaron su nuevo real en el valle de Calamuchita, entre los comechingones. Antes debieron pasar por ciénagas tan grandes que tardaron seis días en cruzarlas descalzos y llevando los caballos por el freno -los que todavía lo tenían-. Durante la noche hacían una especie de colchones con juncos para poder dormir sobre el agua.. Un grupo, al mando de Francisco de Mendoza, quiso seguir la “entrada” hasta llegar al Paraná. Los otros se quedaron en el real -por razones obvias llamado de Malaventura -.”Hallaron que los indios de aquella comarca eran morenos, altos con barbas como los cristianos....-sigue relatando el cronista- ..”y .viven estos indios en cuevas debajo del suelo.” Eran los comechingones quienes defendieron su tierra con la misma tenacidad que los juríes y calchaquíes. En uno de esos ataques “vinieron en orden de guerra con gran pujanza de gente; traían unos collares de cuero negro al rededor del pescuezo y las caras pintadas, la mitad negra y la mitad colorada; y vinieron a dar de rebato por cuatro partes del real, divididos en cuatro cuadrillas...” La lucha fué terrible “cada uno peleaba por su vida”. Agrega el cronista que en ese lugar les mataron los indios cuarenta caballos, que murieron dos españoles y fueron heridos quince. En otra ocasión, los indígenas rompieron las puertas de la miserable aldea y “entrándose en los ranchos andaban robando la ropa y discurriendo por las calles” Al ver esto Leonor de Guzmán y la Mari-López tomaron espadas y rodelas y echaron a los intrusos. Mientras tanto Mendoza y los suyos habían llegado maltrechos y exahustos a orillas del Paraná. De pronto vieron venir unos indios en canoas haciendoles señas al parecer amistosas. Dudaban sobre la actitud a tomar cuando oyeron al que parecía ser el jefe dirigirse a ellos en perfecto castellano preguntándoles quienes eran y de donde venían.
-Venimos del Perú y mi nombre es Francisco de Mendoza, contestó el capitán sin salir de su asombro A lo que el indio contestó: -También yo soy Francisco de Mendoza. Y en efecto, ese era el nombre que había recibido en el bautismo de su padrino, capitán asunceño homónimo del peruano. Después de esta aventura, volvieron a reunirse con el resto de sus compañeros para juntos tomar, el camino hacia el Perú sin haber encontrado rastros de oro ni plata ni grandes ciudades indígenas ni nada que, por el momento, los incitara a volver. Parte de sus fines, sin embargo, estaban cumplidos: se había descubierto una nueva tierra y el camino que llevaba hasta el Rio de la Plata y el océano Atlántico
Un Barco que no prospera y la fundación de la “Madre de ciudades”
El poblamiento del Tucumán quedaba reservado a la expedición de Nuñez del Prado que en 1550 partiera del Perú con algunos veteranos de la anterior. En el llamado Ibatín habían comenzado a levantar el primer "Barco", pero debieron abandonarla por problemas de jurisdicción con la gente venida de Chile al mando de Villagra; en los valles calchaquíes, tuvieron también que abandonar, después de casi un año de intensos trabajos y sufrimientos la segunda "Barco" porque los indios del valle, muy celosos de su libertad, no les daban tregua con sus continuos asaltos. Los hombres que formaban la hueste comandada por Nuñez del Prado habían ganado el derecho de conquistar las casi desconocidas tierras del Tucumán peleando contra Gonzalo Pizarro en la batalla de Xaxijauana y saliendo vencedores "en defensa del estandarte real." Por tal razón el Pacificador La Gasca les había permitido realizar esa entrada a las tierras que pocos años antes recorrieran los hombres del capitán Diego de Rojas.
La expedición se componía de unos cincuenta españoles, entre ellos dos sacerdotes dominicos, mas los indios flecheros y la "chusma" -mujeres y niños indígenas- que siempre acompañaban a las huestes. Finalmente llegaron a tierra de juríes. Cansados y flacos muchos iban a pié por haber perdido sus caballos. La ropa, tan poco apropiada para las circunstancias, les caía hecha girones, tanto que algunos habían decidido reforzarla con pieles de animales de la región.
Corría el año 1552. Ya no buscaban los soldados oro ni plata, sólo que los dejaran vivir en paz luego de tantas privaciones. También los juríes querían la paz y aceptaron aliarse con lso españoles contra sus tradicionales enemigos, los lules, que periódicamente intentaban robarles sus mujeres y sus cosechas. En una de las aldeas juríes se levantaría el Barco III, traladada poco después por Francisco de Aguirre al otro lado del río con el nombre de Santiago del Estero. No había allí árboles ni plantas "de Castilla". En los huertos se plantarían zapallo, papas, ajíes y frijoles, y tal vez algo de maíz. Ninguna casa dejaría de tener sus árboles de algarrobo propios de la región. A las orillas del río se distribuían las "suertes" o mercedes para hacer sus "chacáras y sementeras" y mas alejadas aún, las estancias donde andando el tiempo pacería el ganado: vacas, ovejas, caballos y mulas, que mas adelante serían fundamentales para el comercio.
No podemos dejar de mencionar aquí a uno de los componentes de la expedición que tenía veinte años al llegar y que estuvo en casi todas las fundaciones de las ciudades del Tucumán. Se trata de Hernán Mexía Miraval, padre de cuatro mestizos que tuvo con María, india jurí. Era éste un hombre verdaderamente excepcional, aunque en esos años en que proliferaban los Alvar Nuñez, los Hernando de Soto, los Orellana, Cortés, Balboa y tantos otros gigantes de la aventura, su figura no haya resaltado tanto como debiera. ¿Cómo es posible que no se recuerde en nuestras escuelas al hombre que trajo desde Chile las primeras semillas de trigo, algodón y árboles frutales a la región del Tucumán?. Encontramos, además, en él dones mas raros y valiosos que la valentía, patrimonio de casi todos ellos, como son la tolerancia y el espíritu de conciliación. Sabemos que era sevillano. Si noble o no poco importa. El es uno de los principales forjadores de esa nueva aristocracia americana en la que "vale mas la sangre vertida que la heredada". Sabemos que, no obstante su valentía, prefería arreglar los conflictos por la persuación. Como lo hizo en varias ocasiones. Viajó a Chile con otros compañeros en busca de un sacerdote cuando no había ninguno en Santiago del Estero y aprovechó la ocasión para traer de allí semillas de trigo, algodón y árboles frutales; recorrió la extensísima comarca cordobesa escribiendo luego una relación detallada, ayudó a poblar con su esfuerzo, armas, caballos y bastimentos, casi todas las nuevas ciudades que se iban levantando en esa extensísima geografía y las socorrió cuando fueron atacadas por indígenas enemigos demostrando siempre su conocimiento de la tierra y de los naturales. Durante estos primeros años hubo momentos muy difíciles, debidos a la pobreza de la tierra y a las constantes amenazas indígenas. Hasta que las semillas de trigo y algodón dieron su fruto no tenían para comer mas que maíz y algarrobo y para vestirse los harapos de los complicados vestidos traídos cinco años atrás y lo que las mujeres indígenas pudieran hilar y tejer con la lana de ovejas y vicuñas. Ellas eran también las encargadas de moler el maiz o cocinarlo en grano con el agregado de las hortalizas que cuidaban en las huertas: ajíes, frijoles, papas y zapallos, hasta que llegaran las legumbres y frutales "de Castilla". A veces los hombres aportaban alguna pieza de caza y sus parientes indios las proveían de pescado. En general, eran ellas quienes cuidaban las huertas y sementeras, ayudadas por servidores indios, muchas veces hermanos o allegados. Los pocos españoles estaban ocupados por esos años casi exclusivamente en la defensa del suelo recién conquistado: dormían con las armas al lado de la cama y el caballo ensillado en el patio, dispuestos a saltar al primer toque de la campana que anunciara el peligro.. Sus mujeres indígenas los verían partir con el temor de no verlos regresar para seguir luego atendiendo a sus hijos y a su casa. Hacía mucho que habían optado por el bando de los invasores de su tierra que eran al mismo tiempo los padres de sus hijos. Fueron los suyos los primeros hogares formados en lo que sería territorio argentino.
La “mala entrada” de Diego de Almagro a tierras de Chile.
Mucha sangre costaría a la Corona la conquista de Chile. Los desastres habían comenzado ya en 1535, desde la "mala entrada" de Diego de Almagro, cuando todos corrieron el riesgo de perecer helados entre las nieves de la cordillera que, cual gigantesca muralla, protegía al nuevo reino que pretendían conquistar. Cuenta Cieza de León que "fué tan grande el frío que se murieron los mas de los negros, indios e indias, y los que escaparon fué con los dedos comidos o ciegos de los ojos... los indios lloraban quejándose que les habían traído de sus tierras a morir entre la nieve...y si paraban a descansar se quedaban helados.." Siguieron, sin embargo, adelante. Estos españoles del siglo XVI parecían querer emularse unos a otros para ver quien era capaz de la acción mas temeraria. Luego de elogiarlos por su ánimo esforzado y generoso, Cieza de León comenta con razón que: "...bien mirado, parece temeridad mas que fortaleza meterse como se meten por espesos montes y nevados campos, sin saber cuando ni donde acaban, ni donde van, ni si tendrán proveimiento o no." Y si alguno llegaba a flaquear, era alentado por el entusiasmo y la elocuencia de otro que lo impulsaba a seguir con razones muy valederas para su tiempo. Así lo hizo en esta ocasión Diego de Almagro cuando: "...rogó a los españoles muy animosamente pasasen por los trabajos, pues sin ellos jamás se ganaba honra ni provecho." Los indios, en cambio, no podían comprender ese compulsivo deseo de avanzar y avanzar. Seguían sin embargo con inexplicable fidelidad a estos hombres a quienes admiraban y temían, ayudándolos en todo y salvándoles la vida en mas de una ocasión. Sin ellos no hubiera sido posible la exploración y conquista de América. Por cierto, su idea inicial fué la de utilizar a estos extraños y poderosos seres como aliados contra sus enemigos, pero una vez tomado su partido, era raro que los traicionaran. Los pobres negros esclavos, en cambio, no tenían mas remedio que callar y obedecer las inexplicables órdenes de esta gente barbada y llena de contradicciones que poseía la fuerza y el poder.
Finalmente llegaron al valle de Copiapó donde los naturales los recibieron con hospitalidad llevándoles "ovejas, corderos, maíz y otras raíces... Si bien esa entrada no prosperó, sirvió para conocer la tierra y preparar la entrada de Pedro de Valdivia en 1540.
Chile, el Flandes indiano como lo llamara el cronista chileno Diego de Rosales, sería una tierra de guerra perpetua donde se vino a dar el caso del "mestizo al revés", es decir, el que iba a adoptar los usos, costumbres y modos de vida indígena, por ser su madre una cautiva. Esto se hizo notorio años mas tarde, cuando los españoles debieron enfrentar guerreros araucanos de pelo rubio y ojos azules, como hace notar Alberto Salas en su "Crónica florida del mestizaje". Los araucanos habían recibido muy bien a los españoles, pero los abusos constantes de que fueron objeto, sobre todo sus mujeres, fueron una de las causas del levantamiento general de 1553, según el testimonio de Diego de Rosales en su Historia general del Reino de Chile: "....y siendo estos indios tan fieros y tan bravos, bien se deja ver el sentimiento que harían de ver que muchas veces les quitaban sus mujeres para usar mal de ellas.....añadíase a esto el hambre que las señoras españolas tienen de chinas, que así llaman a las indias de servicio, y por mostrar aparador de ellas en el estrado y llevar a la iglesia aparato de acompañamiento, les quitaban a los indios de sus encomiendas las hijas y los vecinos los hijos, para pajes.."
Es explicable que los araucanos quisieran vengar estos agravios del mismo modo, haciendo cautivas blancas que trabajaran y engendraran hijos para ellos. Incontables son las distintas historias de cautividad de mujeres y niños que traen las crónicas chilenas. Por esta razón la región de Cuyo con sus amables indígenas huarpes, sería considerada por los primeros pobladores españoles de Chile como un “anexo” al cual acudir en demanda de mano de obra a pesar del tremendo obstáculo que significaba la cordillera.
Francisco de Villagra llega a la región de Cuyo.-
El primer español que pisó suelo cuyano, al volver con su hueste a Chile, desde el Perú en mayo de 1551, fué Francisco de Villagra. Llevaba refuerzos a Valdivia para la guerra de Arauco: 185 hombres y 500 caballos. Pero el invierno se adelantó aquel año y debieron esperar la primavera en el valle, antes de cruzar la cordillera. Nunca olvidaron el crudo invierno pasado entre borrascas y tempestades de nieve. Por fortuna los habitantes de la arenosa Cuyo, los indios llamados huarpes, eran amables y hospitalarios. Recibieron a los españoles sin ofrecer resistencia y años mas tarde, según cuenta fray Reginaldo Lizarraga, enviaron una delegación al gobernador García Hurtado de Mendoza pidiéndole que mandara sacerdotes y pobladores, en símbolo de paz. Eran estos huarpes "de fisonomías agradables y espíritus inteligentes", considerados por los españoles como los mas hermosos entre los naturales del Nuevo Mundo. De ellos dice el cronista Ovalle: "Son bien tallados y dispuestos...muy sueltos y ligeros. Helos visto subir y bajar los asperísimos montes de las cordilleras como si fueran gamos, y no solo los hombres, sino también las mujeres con sus hijos en las cunas, las cuales, asidas a una ancha y tosca correa que atraviesan por la frente, las dejan caer por la espalda. Y con todo aquel peso que viene colgando de la cabeza sobre el cuerpo, que llevan encorvado para mayor comodidad del niño, caminan y siguen al paso de los maridos con tanto desembarazo y agilidad que admiran." Las mujeres, altas y finas, realzaban su belleza con vestidos hechos con pieles de guanaco que traían atados al hombro y ceñidos a la cintura y con vueltas de collares al rededor del cuello..Entre las mas hermosas sobresalía la llamada "cacica de Angaco", hija del Anta Huarpe, curaca principal de esas tierras que se casaría con el capitán español Juan Eugenio de Mallea. De esta unión provendría muchos años después, Domingo Faustino Sarmiento.
En 1561, Juan de Jufré fué nombrado por Villagra, entonces gobernador de Chile, teniente de gobernador y capitán general de la provincia de Cuyo, con encargo de poblar en los valles del otro lado de la cordillera. Primero pobló la ciudad de la Resurrección, trasladando a ella los treinta soldados que había dejado Pedro del Castillo en el fuerte llamado "Mendoza" que finalmente dió nombre a la nueva ciudad. Se trasladó después con sus hombres al valle de Tulum, tieras del Anta Huarpe. Veintitrés hombres venidos de Chile entre los que había españoles, criollos y mestizos chilenos, habían venido con Juan de Jufré a fundar allí. Entre ellos se repartieron, como era costumbre, mil quinientos indios encomendados. Cada uno de ellos debía pagar ocho pesos de tributo, pero como era imposible conseguir metálico, en cambio debían servir 168 días al año. Y aquí comenzaron los problemas y los abusos. La gran mayoría de los encomenderos de Mendoza y san Juan se fueron a vivir al otro lado de la "Cordillera Nevada" a Santiago de Chile en busca de mayores comodidades. Los indios eran obligados a abandonar sus tierras para ir a servir a estos amos, muchas veces desconocidos o a otros a quienes sus encomenderos los alquilaban por no haber en Santiago indios de servicio. Cuando Juan de Jufré llegó a ser gobernador de Santiago, mandó a todos estos encomenderos que regresaran a poblar sus casas, pero pocos le obedecieron. El problema económico era que los productos que se producían en los valles cuyanos eran similares a los chilenos y hasta que no hubo una comunicación mas fluida con el Tucumán y luego con el Río de la Plata, no tenían a quien venderlos. Por eso los encomenderos cuyanos preferían vivir en Santiago y llevar hasta allá los indios de sus encomiendas para explotarlos en sus lavaderos de oro y en los trabajos de campo. Eran la única mano dócil de que podían disponer, ya que los araucanos, como los calchaquíes jamás aceptaron servir.
Los primeros en reaccionar contra este desarraigo que disminuía a la población huarpe en forma considerable, separando las familias y obligándolos a trabajos excesivos, fueron los vecinos que habían quedado en las ciudades cuyanas. Tambíén los obispos protestaron contra estos abusos. Los huarpes comenzaron a huir hacia el sur y con el tiempo llegaron a domesticar el caballo y a pasar a la ofensiva en los famosos malones del sur de Mendoza y San Luis. Pero esto no evitó su extinción.
Fuente: Aldo Seta
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