Más allá de antiguas ideologías
Por Albino Gómez Para LA NACION
Estamos todavía tan inmersos en la crisis que vivimos a partir de 2001 que hemos abandonado la reflexión sobre temas insoslayables. Tal vez por ello hemos dejado de señalar que en un contexto de cambio social rápido y de reestructuración del sistema mundial de producción y de gestión, nuestra Argentina ha quedado sumamente retrasada. Claro está que esto puede subsanarse, pero para ello se requiere no sólo superar problemas políticos, económicos y sociales, sino también superar la indolencia, la impotencia, la pesadumbre, el fatalismo y nuestra obstinada resistencia al cambio, para poder unirnos con voluntad política en un proyecto nacional que nos permita ingresar en el mundo moderno, como lo estuvieron las generaciones que nos precedieron a comienzos del siglo pasado. Así podríamos terminar también con esa acumulación de oscurantismo, corporativismo profesional, burocratismo administrativo y corrupción, subdesarrollo científico e ignorancia presuntuosa, que ha venido campeando en los últimos años, pero que tiene raíces más hondas. Ya habíamos llegado casi inermes a los últimos años de la década del 80, en medio de una de las más formidables mutaciones científico-técnicas de la historia de la humanidad. Sería tiempo de decidirnos no sólo a recuperar lo perdido, sino a cortar camino y transformarnos en contemporáneos de un mundo lleno de promesas y posibilidades, pero implacable con quienes se quedan atascados en viejos dogmas y convierten en virtud “principista” lo que no es sino terca adhesión a ideas obsoletas. Las ideologías, a pesar de toda la retórica existente acerca de su supuesta muerte o desaparición, permanecen vivas y vigentes más de lo que creemos, por lo cual superar las antinomias del pasado es la única forma de mostrar su carencia de validez, para oponerles un paradigma alternativo. Pero esto, que suele quedar fuera de la comprensión de muchos de nuestros políticos, no debería ser una propuesta más, sólo diferente de las otras por estar situada en algún lugar todavía no ocupado del espectro ideológico tradicional. No se trata de ser un poco más izquierdista, un poco más derechista o un poco más centrista, sino de ofrecer a los argentinos una perspectiva de futuro en la cual puedan creer y en cuya realización quieran comprometerse. Se trata de atreverse a plantear los problemas y las vías para resolverlos. Lo que se impone no es negar toda ideología, sino la búsqueda de una renovación ideológica profunda. A pesar de la inercia arraigada en muchos y del miedo a lo nuevo que persistentemente inhibe a los espíritus cautivos, esa renovación ya se ha venido dando allí donde una actitud de tolerancia ha comenzado a imponerse sobre el sectarismo o la tentación de la violencia; allí donde los intereses particulares dejan de obnubilar las mentes y, por tanto, también dejan de prevalecer frente al interés de todos. Allí, en distintos tipos de instituciones o asociaciones ciudadanas, vecinales, de actividades culturales o artísticas, de redes solidarias, empieza a encenderse el entusiasmo por la creación y la innovación. Allí, a pesar de todas las dificultades no se pierden las esperanzas ni las ganas de encontrar una solución racional de los conflictos. Allí mismo ya ha comenzado a florecer esa renovación de ideas, hábitos y estilos de acción que necesitamos. Seguramente será preciso definir sus contenidos, acelerarla y mostrar sus logros para vencer los obstáculos que aún se le oponen. Obstáculos que a veces son más subjetivos que objetivos; mucho más imaginarios que reales, pero que impiden todavía a muchos comprender que nuestro universo de ideas debe cambiar profundamente. Aunque no todo el mundo acepte la necesidad de ese cambio, pertenezcan a cualquiera de las formas de la derecha liberal o de la izquierda. Lo cual es lamentable, porque ni unos ni otros advierten que, en este sentido, en el fondo, sus maneras de pensar se parecen. Pero no será el simplismo el que nos guíe, ni las maneras ingenuas de reducir e incluso de negar la complejidad de los hechos políticos y sociales, ni la creencia en la verdad absoluta capaz de sobrevivir a los más espectaculares desmentidos históricos. Esas creencias deberían transformarse en inofensivas reliquias del pasado si no estuvieran a menudo en el origen de increíbles fundamentalismos. En lugar de erigirse en escollos, deberían, en el contexto compartido de la vida democrática, lograr una mirada más lúcida y menos arrogantemente segura de sí misma sobre nuestra realidad. Porque la renovación ideológico-cultural que necesitamos pasa ante todo por la renuncia a todo dogmatismo, por la admisión del error siempre posible (¡recordar a Karl Popper!), por la búsqueda del conocimiento de nuestra sociedad, para contribuir a hacerla más libre, próspera y justa. Ninguna presunta ley –natural o divina– ha dispuesto que le cabe a un Estado “iluminador” la tarea de definir en soledad los objetivos que debemos perseguir o desempeñar el papel protagónico en esa búsqueda. También se debe reconocer que dado que el mercado, librado a sí mismo, es incapaz de impedir la formación de monopolios y oligopolios que anulan la libertad pregonada, no puede otorgársele un estatus que no posee y oponerlo como el buen Dios al diablo. Lo que sí necesita nuestro país es un sistema ético fundado en valores que, sin menoscabo para la libertad, promuevan y consoliden la solidaridad social. Y también un plus de imaginación, de invención, de actitud política emprendedora, que fomente el pluralismo y la tolerancia, que evite la expansión de la burocracia, apartándonos de antigüedades como el estatismo o el fundamentalismo del mercado, para no correr el riesgo de terminar confinados a los arrabales de la historia.
El autor es periodista, escritor y diplomático.
Desde Monte Grande, Gran Buenos Aires, su Página Web de Interés General. Esperamos poder brindarles toda la información necesaria.
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