Nieve en Monte Grande

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9 de julio del 2007. Cae nieve en Monte Grande

Nuestras Islas Malvinas

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LAS MALVINAS SON ARGENTINAS

14.11.07

Latinoamérica-Bolivia


Arte y Música de la Embajada de Bolivia



La Embajada de Bolivia en la República Argentina, tiene el agrado de invitar a usted a participar de los conciertos de música barroca que en el marco de la Gira Internacional de del Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos - Bolivia, se llevarán a cabo de acuerdo al siguiente programa:

Música de los Archivos Misionales de Moxos y Chiquitos - Bolivia
Programa de conciertos en Argentina - Octubre 2007

Domingo 7, 21:00 horas:
Iglesia del Salvador - Av. Callao y Tucumán - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Martes 9, 20:00 horas:
Iglesia San Ignacio de Loyola - Bolivar y Alsina - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Miércoles 10, 12:30 horas:
Museo de Arte Hispanoamericano - Isaac Fernández Blanco - Suipacha 1422 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Viernes 19, 19:00 horas:
Colegio San Juan el Precursor - Anchorena 419 - San Isidro, Provincia de Buenos Aires
Repertorio :

“Tras las huellas de la Loma Santa”
música de los archivos misionales de Moxos y Chiquitos
1. Señora Doña María - Canto trinitario (Anónimo)2. Tata guasu - Canto guaraní (Anónimo)3. Iesu corona vírginum - Himno (Domenico Zipoli)4. Sonata XVIII - Instrumental (Anónimo)• Allegro• Andante• Allegro5. Beatus vir - Salmo 101 (Domenico Zipoli)• Beatus vir• Exortum est• Iucundus homo• Pecator videbit• Gloria Patri• Sicut erat6. Ychepe flauta - Instrumental (Anónimo)• Adagio• Allegro• Andante• Presto7. Volate angeli - Villancico navideño (Anónimo)8. Dulce Jesús - Canto de penitencia (Anónimo)


Durante los siglos XVII y XVIII, antes de que la corona española expulsara a los jesuitas de América Latina por defender los derechos de los indígenas, la selva boliviana se hizo música y los violines se confundieron con el trino de los pájaros y los ruidos misteriosos del bosque. Ahora, en San Ignacio de Moxos, un pueblo en pleno corazón de la jungla, un puñado de niños y adolescentes de ambos sexos, tan indios como sus antepasados, se empeña en resucitar aquel milagro sonoro, rescatando y difundiendo las piezas de los impresionantes archivos del barroco misional, de su rico folclore y de la música autóctona anterior a la llegada de los misioneros.
A una religiosa española de la orden de las ursulinas, María Jesús Echarri, de la localidad navarra de Lekunberri, se debe que un fenómeno cultural nacido cuatro siglos antes y que estaba al borde de la extinción, resurgiera para recordar al mundo que en la selva misionera se amasó un vasto tesoro musical que tuvo por protagonistas humildes indios que los conquistadores creían salvajes. Ella fue la fundadora de la Escuela de Música, con la que se quiere transmitir un mensaje de paz en tiempos de desesperanza.
Sigue sonando la historiaEl Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos, bajo la dirección de Raquel Maldonado Villafuerte, inicia una nueva singladura con el lanzamiento de su segundo CD, Tras las huellas de la Loma Santa, grabado en el auditorio Ichase Awásare (Pueblo Viejo) en sus flamantes instalaciones, inauguradas en julio de 2005 y financiadas por diversos municipios del País Vasco (España) y por la ONG Taupadak.Atrás queda una etapa inolvidable para esta agrupación beniana, con más de un centenar de conciertos en Bolivia, Argentina, Uruguay, Francia, Bélgica, Luxemburgo y España, desde mediados de 2005, en los que vendió miles de copias de su anterior compacto, Tasimena ticháwapa jirásare (Ya volvió la canción del monte). Alrededor de 35.000 personas asistieron a su espectáculo. Sus presentaciones no sólo obtuvieron el respaldo unánime del público, sino también el de la prensa especializada, más difícil de seducir. Pero aquel ya es un ciclo cerrado, que ahora confía mejorar en las dos giras internacionales que tiene programadas.


La primera, a lo largo del mes de octubre de 2007, paseará su música por Argentina, Uruguay y Paraguay. La segunda, durante marzo y abril del próximo año, discurrirá por varios países del viejo continente.En su nuevo trabajo discográfico quiere dejar el sello de sus últimas vivencias, que han llevado a sus máximos responsables, Raquel Maldonado y Toño Puerta, director administrativo de la Escuela de Música, a abandonar la comodidad de San Ignacio para explorar la intrincada geografía moxeña en busca de antiguos manuscritos pentagramados que han cuadruplicado el impresionante Archivo Misional de Moxos. En canoa, en camioneta, a caballo, a pie o en avioneta, con el equipaje de campaña, pero también con tecnología básica como un ordenador portátil, un escáner, una buena cámara digital y un pequeño generador eléctrico, llegaron hasta los rincones más recónditos del departamento, desafiando inclemencias meteorológicas y una naturaleza agreste que hacen de las regiones tropicales, en especial de sus selvas, un territorio hostil para el hombre. Esta experiencia ha servido para estrechar los lazos entre los jóvenes artistas ignacianos y los músicos empíricos adultos de las dispersas comunidades moxeñas, que han hecho posible que nadie calle nunca el sonido de los violines en sus selvas y en sus pampas, incluso 240 años después de la expulsión de los jesuitas.


Para esta nueva fase, Raquel Maldonado ha apostado por una formación más reducida, un ensamble de 18 músicos polivalentes, incluida ella misma, que cantan, tocan varios instrumentos y bailan, justo la mitad de los que utilizó en su anterior espectáculo. Fieles al espíritu de su fundadora, la religiosa ursulina María Jesús Echarri, nacida en la localidad navarra de Lekunberri, la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos, con más de 200 alumnos, cumple esencialmente una labor social. La música es el instrumento, no el fin. A través de ella reivindica la identidad y la memoria de un pueblo secularmente oprimido, cuyos sueños postergados no le impiden reclamar dignidad y un lugar en el mundo, sin que su lucha cotidiana por la supervivencia, cazando, pescando y cultivando o desempeñando trabajos mal remunerados por cuenta ajena, le suman en el olvido.


Cuando suena el Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos, está sonando la historia, una historia que los propios moxeños han querido conservar para posteriores generaciones.La directoraNacida el 17 de abril de 1978 en La Paz, inició su formación musical en la especialidad de piano en el Conservatorio Nacional de Música de su ciudad. Recibió clases de órgano y clavecín con el musicólogo polaco Piotr Nawrot, quien la recomendó años después para ponerla al frente de la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos, cargo que estrenó en mayo de 2004. Estudió la carrera de Dirección Orquestal y Composición en la Universidad Católica Boliviana, bajo la tutela de los maestros Carlos Rosso, Alberto Villalpando y Cergio Prudencio. Formó parte de distintas orquestas y ensambles como la Coral Nova, dirigida por el maestro Ramiro Soriano, y la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos de Cergio Prudencio, como instrumentista y directora invitada. Dirigió también al elenco juvenil de esta última agrupación hasta el momento de trasladarse a su actual destino.Bajo su dirección, la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos ha experimentado un crecimiento exponencial. Ha dotado a la entidad de unos sólidos cimientos y de una estructura que la han convertido en una auténtica escuela. Más de 100 conciertos de su Coro y Orquesta en siete países de Europa y Latinoamérica, un primer CD del que se han vendido miles de copias y este que ahora se presenta, grabado por un ensamble que ella misma ha creado, avalan su brillante trayectoria en Moxos, aunque en realidad esta historia no ha hecho más que empezar.
Loma Santa, la tierra de promisiónLa Loma Santa es un lugar mítico, el paraíso terrenal de los indígenas mojeños; de origen arawac es uno de los 16 pueblos indígenas que actualmente habitan los Llanos de Mojos del Departamento del Beni en Bolivia. La búsqueda de este lugar sagrado se remonta a fines del siglo XIX, durante el auge extractivista del boom gomero que, para los indígenas amazónicos en general, pero en particular para los mojeños, implicó la invasión masiva por parte de población no indígena de sus territorios ancestrales, la sujeción de su fuerza de trabajo bajo condiciones de semi-esclavitud, la desestructuración de sus redes familiares y la cooptación de sus líderes poniendo en grave riesgo la continuidad física y cultural del grupo. Es, frente a esta situación, que los indígenas abandonaron masivamente pueblos como Trinidad, San Ignacio de Mojos, Loreto y San Javier en los que fueron reducidos por los jesuitas durante los siglos XVII y XVIII, retornando a sus antiguos parajes, en los que habían vivido bajo sus propias reglas y formas culturales. Esta huída o alejamiento se hizo de una forma particular, desde el bosque los chamanes les convocaron anunciando una profecía: los pueblos en los que habían sido reunidos y sedentarizados por los jesuitas, y que ahora estaban siendo invadidos por los blancos, serían destruidos y, para salvarse, ellos tenían que abandonarlos, dirigirse a los bosques y buscar el lugar sagrado que Dios les había destinado, un lugar de abundancia pero sobre todo en el que podrían recuperar su amada libertad. Para encontrar la Loma Santa, debían hablar solo en su idioma nativo, recuperar sus vestimentas de tejidos de algodón, de color blanco, y no utilizar ningún objeto relacionado con la cultura del blanco.


Desde 1887 en que se gesta el primer movimiento milenarista de Búsqueda de la Loma Santa, éste se ha reproducido una y otra vez en las décadas de 1920, 1930, 1950, 1960 y 1980. De esta manera, cientos de familias se han movilizado buscando el lugar sagrado y a través de su andar, han fundando y re-fundando cientos de aldeas re-ocupando su antiguo territorio; pero así como los indígenas se alejaban cada vez más de los centros urbanos, las tierras también eran ocupadas por los no indígenas. Así fue que en 1990 emprendieron otra marcha, durante 34 días caminaron hasta la ciudad de La Paz sede del Gobierno, para reclamarle al Estado boliviano que les reconociera una parte de las tierras ubicadas en el sur del Beni, allá donde mayormente se dirigen las migraciones en Busca de la Loma Santa.En 1989, cuando por primera vez, junto a otros colegas del Centro de Investigación y Documentación para el Desarrollo del Beni y del Cabildo Indigenal de Trinidad, visité una comunidad de buscadores de Loma Santa ubicada en la región del ahora Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure, encontramos a un anciano: don Modesto Noe, maestro de capilla y músico, sobre una mesa en la iglesia de la comunidad, junto a su violín se encontraban algunas partituras que meticulosamente él había copiado y vuelto a copiar, al pie de ellas indicaba su nombre, el lugar y la fecha. A través de las partituras era posible reconstruir el andar de este hombre que durante 40 años había buscado la Loma Santa. No se necesita ser un avezado lector para darse cuenta de que los elementos culturales incluidos en el mito y en el movimiento milenarista combinan tanto los elementos ancestrales del pueblo indígena mojeño como elementos heredados de las misiones jesuíticas que son resignificados constantemente e incluidos en la matriz cultural propia de los mojeños. Por sus características y por sus efectos, el movimiento milenarista de la Búsqueda de la Loma Santa puede ser comprendido al menos en tres sentidos: es un movimiento de resistencia a la presencia de los no indígenas en su territorio, es un movimiento que busca superar los desgarramientos sociales internos del pueblo indígena y es un movimiento revivalista que, a través de pulsaciones periódicas a lo largo del tiempo, ha permitido revitalizar la cultura del pueblo indígena mojeño.
Zulema Lehm ArdayaAutora del libro : Milenarismo y movimientos sociales en la Amazonía boliviana
Tras las huellas de la Loma SantaLlevábamos meses recabando información entre los indígenas y personas vinculadas a la iglesia católica que compartían nuestras inquietudes. El sueño del jesuita Enrique Jordá estaba inconcluso. El anterior párroco de la provincia Moxos, en el departamento boliviano del Beni, aprovechó su carisma entre el pueblo cuyas reivindicaciones abrazó y por el que llegó a exponer la vida, para empezar a rescatar el legado musical de sus antepasados y recopilarlo en un incipiente archivo del que fue su primer responsable y al que poco a poco hizo crecer. Existía la certeza de que muchas partituras habían desaparecido en las últimas décadas. Sobre las que aún sobrevivían, pesaba la amenaza de extinción por el fallecimiento de los ancianos que con celo las guardaban, por los rigores del clima tropical, por los insectos y por la precariedad de la forma de vida seminómada de los indígenas asentados en las comunidades de la selva. El entrañable misionero valenciano entendió que si no emprendía esta particular cruzada, al final sólo quedarían vagos testimonios de lo que fue una época de esplendor que convirtió la selva en música.Eligió esta forma de luchar contra el olvido. Y nosotros, que apreciábamos su intuición pionera y que también odiamos la amnesia con la que se ignora a los indígenas, habíamos decidido completar lo que él comenzó, aunque ni imaginábamos la magnitud de los hallazgos que nos aguardaban. En realidad, nadie sospechaba que el Archivo Misional de Moxos podía llegar a multiplicarse como lo ha hecho en el último año. Se lo debíamos a un pueblo, el moxeño, que nos había acogido y en el que habíamos encontrado un proyecto de vida, mucho más allá de lo profesional. Nunca se lo podremos agradecer lo bastante a la hermana María Jesús Echarri, fundadora de la Escuela de Música que hoy tenemos el privilegio de dirigir.Un día, por fin, después de explicar nuestras intenciones a los obispos del Vicariato del Beni, Julio María Elías y Manuel Egiguren, que apoyaron la iniciativa, cogimos la mochila, el mosquitero y el saco de dormir para adentrarnos en el territorio moxeño, tan fascinante como todavía inhóspito en sus rincones más furtivos. Íbamos al encuentro de aquellos que con tanto tesón seguían preservando el tesoro musical engendrado cuando las célebres reducciones jesuíticas se establecieron en Moxos y en la Chiquitanía, dos regiones de la actual Bolivia. Aunque la imposición y la violencia fueron las tónicas dominantes de la expansión de Europa en América y se creó un nexo entre ambos continentes basado en la supremacía del primero y en el avasallamiento de los indígenas del segundo, los jesuitas resultaron extrañamente piadosos. Trajeron la música como instrumento de catequización y del mestizaje que se produjo entre lo europeo y lo nativo surgió el barroco misional, con características específicas que lo distinguen del barroco del viejo mundo. El Archivo Misional de Moxos, que ya era considerado uno de los más importantes de Latinoamérica, contaba aproximadamente con 2.650 páginas de música, sin contar fotocopias, antes de emprender estas expediciones. Desde entonces hasta ahora casi ha cuadruplicado esa cifra, con documentos de un valor incalculable, que rescatan no sólo melodías, sino la historia de un pueblo, que es la que en realidad se escucha detrás de esas notas. La mayor parte de esta colección recoge un repertorio para el año litúrgico, aunque también existen algunas piezas puramente instrumentales y unas pocas de carácter profano. Pero en el archivo no sólo se conservan partituras, sino también doctrinarios, nombre genérico con el que se designan a cuadernos manuscritos que contienen, junto a abundantes páginas de música, textos religiosos en español, latín e idioma nativo, sobre todo trinitario: sermones, oraciones, cantos de penitencia, alabanzas, villancicos, etc. Los 18 cuadernos que había en junio de 2006 se han disparado hasta los 150 actuales. Si este material ha resistido al extrañamiento de los jesuitas hace más de dos siglos y al nefasto comportamiento de los sacerdotes que en un principio les sucedieron, que supeditaron los intereses de la colectividad a los suyos propios, es gracias a los indígenas que obstinadamente lo protegieron, copiando las partituras y el resto de la documentación literaria a medida que se deterioraba. Si no hubieran considerado sagrada la música, seguramente no la habrían conservado. Una de nuestras mayores sorpresas fue comprobar que, todavía en nuestros días, las nuevas generaciones continúan transcribiendo las viejas partituras con el mismo fervor que lo hicieron sus abuelos, aunque con peor caligrafía. El oficio de copista fue uno de los más venerables entre los moxeños. Algunas de esas partituras aún son interpretadas por los indígenas en sus celebraciones religiosas. Sólo algunas, porque ninguno de los músicos actuales de la zona sabe descifrar un pentagrama. Han aprehendido este legado escuchándolo e imitándolo y hace tiempo que copian las partituras como quien copia un dibujo. Eso explica su degeneración actual.El barroco misional sobrevive fundamentalmente en el templo de San Ignacio a lo largo de todo el año litúrgico y en las capillas de algunas comunidades trinitarias desperdigadas por las riberas de los ríos Isiboro, Sécure, Ichoa y sus afluentes, directas herederas de los buscadores de la Loma Santa, que persiguieron durante décadas el señuelo de la tierra prometida que Dios tiene reservada para el pueblo moxeño en algún rincón de la selva. El mito de la tierra sin mal, donde habrá vida en abundancia para ellos, sin hambre y sin enfermedades, lejos de la amenaza del blanco, causante de sus desgracias. En definitiva, la fe y la esperanza de un destino de prosperidad, un destino mágico, fueron sus estímulos.Aunque de forma eventual y a menor escala, perduran asimismo manifestaciones artístico-religiosas análogas en algunas otras comunidades cuando festejan a su patrón, como San Lorenzo de Moxos, o en el cabildo de Trinidad en fechas puntuales. En cualquiera de los lugares mencionados u otros menos relevantes que omitimos, descubrimos un estilo degenerado por el tiempo, porque lo que motivaba a esta gente a conservar la música, no era la música en sí misma, sino su religiosidad. Lo importante era el qué, no el cómo. Han conservado la música porque cumple una función dentro del templo. La han conservado de acuerdo a sus posibilidades y ha llegado hasta nuestros días a través de dos conductos. Uno es el manuscrito, copiado una y otra vez a medida que se estropeaba el anterior. Otro es la transmisión sonora, el equivalente a la tradición oral que ha salvaguardado la mitología y las leyendas de estos mismos pueblos. Los indígenas escuchaban esa música y la reproducían. Lamentablemente, esta última forma de traspasar la información no ha sido demasiado fiel para la música, aunque ha evitado que su uso se extinga, lo cual ya merece un reconocimiento. Composiciones de la época jesuítica, distorsionadas por el paso del tiempo y la pérdida de los conocimientos musicales que los antiguos poseían, siguen sonando en la Amazonía boliviana.Cuando vemos una partitura y luego la escuchamos interpretada por los músicos de la zona, percibimos diferencias considerables. De hecho, resulta casi irreconocible, de no ser por la letra o el esbozo melódico. Pero gracias al manuscrito, que ha mantenido una fidelidad notable al original, podemos ejecutar esa misma pieza como seguramente hace mucho tiempo lo hicieron los propios indígenas en las misiones. Es lo que intenta el Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos.Durante nuestras expediciones, hemos escuchado testimonios de personas, moxeño-trinitarias en su inmensa mayoría, que lamentan que sus ancestros no les hayan enseñado a leer “solfa”, por lo que ellos “así nomás lo tocan” para no perder su tradición, su creencia, su fe.El repertorio incluido en nuestro segundo trabajo discográfico enlaza directamente con los frutos recogidos en estas expediciones. Hemos escogido piezas como Beatus Vir, Iesu Corona Vírginum, Exaltate Regem Regum, Morenito Niño, Volate Angeli o Dulce Jesús –las dos primeras de Doménico Zipoli y las otras cuatro anónimas-, que figuraban en los Archivos de Moxos o Chiquitos y habían sido grabadas por otros grupos o publicadas sus partituras, pero que también las hemos encontrado, completas o fragmentadas, en las remotas comunidades del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure). Además, entre los documentos recopilados, escritos o sonoros, todavía pendientes de investigación, ya hemos detectado algunos inéditos y los hemos incorporado a nuestro CD. Concretamente dos.Nuestra experiencia con los músicos trinitarios nos permitió reconocer el aria Ascendit Deus in iubilationi, del Exaltate Regem Regum, en una melodía en idioma nativo que les oímos interpretar. Pero ellos la cantaban en su lengua materna y no en latín, como está editada. En moxeño trinitario se denomina Betu pico y tal como la escuchamos a los músicos del TIPNIS la hemos reproducido.En el caso de Señora Doña María, la octava pieza de nuestro CD, se trata de un canto que se escucha entre los músicos trinitarios de las comunidades durante la celebración de los Santos Reyes y de la que no se conoce soporte escrito. Es el clásico ejemplo en el que la tradición oral ha salvado una obra. El trabajo de investigación emprendido por la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos y la convivencia con los pueblos más tradicionales del departamento del Beni nos ha regalado esta joya musical, que hemos grabado con un arreglo especial.Nuestros viajes nos han proporcionado experiencias inolvidables. En el ocaso de su vida, que hacemos votos para que se prolongue muchos años, porque es el único eslabón entre dos épocas del pueblo moxeño, don Nemesio Guaji nos honró con su amistad y nos trató con el afecto que un abuelo reserva para sus nietos, contradiciendo las augurios pesimistas de quienes destacaban su carácter huraño y vaticinaban un fracaso en nuestras pretensiones de acercarnos a él. Conocemos más de sus andanzas que quienes le rodean. Su legado es el más impresionante de cuantos alberga el Archivo de Moxos, porque la colección completa que nos entregó en un viejo baúl, con más de 2.500 partituras, perteneció a Manuel Espíritu Mahe, el último maestro de capilla de San Lorenzo de Moxos que poseyó una sólida formación musical. En realidad, el último del pueblo moxeño que la tuvo en cualquiera de sus confines. Sobrevivió a José Santos Noco, caudillo moxeño que se invistió del aura de los profetas, convirtió este pueblo en un bastión aislado de la influencia carayana a principios del siglo pasado y revitalizó el movimiento de la Loma Santa que había impulsado unos años antes Andrés Guayocho, mártir de la causa indígena. Ni la ceguera ni sus 82 años han restado lucidez a Nemesio, que sigue siendo el referente musical y doctrinal de las nuevas generaciones trinitarias, en especial de quienes viven en las comunidades del TIPNIS, donde hemos localizado la mayor parte de los documentos incorporados al Archivo Misional de Moxos en los meses pasados. Durante las últimas navidades, que pasamos en su comunidad, San Antonio del Imose, la que mejor conserva la esencia moxeña con toda su carga de tradición y espiritualidad, donde da la sensación de que el tiempo se ha detenido, asistimos a sus incontables celebraciones religiosas y nos sorprendió la afinación de su violín y el vigor de su canto, que además acompañaba con la segunda voz a la del resto de los feligreses, algo inédito entre ellos en los tiempos actuales, aunque las crónicas de los antiguos misioneros y de los viajeros que recorrieron la región tras su marcha, describen coros polifónicos que en nada tenían que envidiar a los que se escuchaban en las catedrales europeas. Nos sorprendió también el talento con el que fusionaba varias partituras de una misma pieza en una sola para poder cantar y tocar a la vez. Porque lo más asombroso es que nunca nadie le enseñó solfeo ni a tocar el violín. Jamás tuvo un profesor, un compañero algo más aventajado que le transmitiera los fundamentos básicos. Un viejo método heredado de Manuel Espíritu Mahe, del que por desgracia se ha perdido la pista, lo convirtió en autodidacta, aunque él no atribuye sus progresos a ese presunto talento, sino a la intercesión divina. Narra con precisión la noche en que se le apareció un misterioso hombre de blanco en sueños, que marcó el punto de inflexión en su aprendizaje, hasta entonces colmado de dudas e inseguridades.Como muestra de respeto y homenaje a esta insigne figura del pueblo moxeño, que además de confiarnos sus partituras manuscritas nos regaló su sabiduría, su afecto y su voz, hemos decidido cerrar nuestro disco con un bonus track que recoge un fragmento de la misa de difuntos cantada en latín por el propio Nemesio, grabado el miércoles de ceniza de 2007 en San Antonio del Imose.Nemesio es un personaje emblemático del pueblo moxeño, como lo fue don Modesto Noe, a quien no tuvimos el honor de conocer, porque falleció en la segunda mitad de la década pasada en San José del Sécure. Un ex combatiente de la guerra del Chaco, en la que dos compañías petroleras con intereses enfrentados, la Standard Oil y la Shell, financiaron la masacre y enzarzaron entre 1932 y 1935 a dos países hermanados por la vecindad y la miseria, Bolivia y Paraguay, para definir la posesión de un territorio generoso en petróleo, necesario para la construcción de un oleoducto. Otro exponente de la eterna maldición de la riqueza en Latinoamérica. La biografía de don Modesto es el paradigma de una vida consagrada a un sueño. Reconocido como uno de los ideólogos de la Loma Santa, fue un anticolonialista militante, una especie de profeta que persuadía a sus hermanos moxeños de los peligros del contacto con los carayanas, de los que se pasó la vida huyendo mientras buscaba la tierra de promisión. Cuando a mediados del siglo pasado se desvaneció la utopía de San Lorenzo de Moxos, de donde también decidieron huir muchos moxeños ante la presión del blanco, como antes lo habían hecho de Trinidad, don Modesto fue uno de los precursores de los nuevos movimientos lomasanteños. Entre sus escasas pertenencias, escondía celosamente antiguas partituras de incalculable valor cultural, cuyo destino tras su muerte era un misterio que tuvimos el privilegio de desentrañar. Su colección, de características similares a la de don Nemesio, también descansa ahora en el archivo que custodia la parroquia de San Ignacio de Moxos. La encontramos dispersa, repartida fundamentalmente entre tres de sus nietos. Una parte de ella ya la había recuperado el padre Enrique antes de cambiar de destino.De la misma forma que la historia, escrita por mano blanca, masculina y de la clase social dominante, tiende a silenciar a los líderes indígenas, cuyas rebeliones no dejaron de sucederse a lo largo y ancho de América Latina desde que Colón la pisó por primera vez, el propio pueblo moxeño no ha concedido todavía los honores suficientes a personajes que, como don Modesto o don Nemesio, han defendido con su arte y con su fe la memoria colectiva y, a través de ella, la dignidad de un grupo étnico olvidado, como todos los que pueblan la Amazonía y las demás regiones del continente. Parafraseando a Eduardo Galeano, sobran tantas estatuas de héroes como las que faltan. Y no nos referimos necesariamente a los que empuñaron las armas. La Escuela de Música no ha querido que su paso por las comunidades sea fugaz. La amistad inicial entablada por sus máximos responsables con los músicos que habitan en ellas, se ha trasladado después a sus alumnos y profesores. Tres de ellos compartieron con nosotros las navidades del 2006 en San Antonio del Imose, al igual que el jesuita Franz Bejarano. En enero de este año, una veintena de violinistas adultos del TIPNIS asistieron durante veinte días a un curso de instrumento, de solfeo y de canto impartido por nuestros docentes en San Ignacio. Como culminación del mismo, produjimos la grabación de un CD con la música que todavía interpretan, en algunas de cuyas piezas participaron nuestras sopranos, que tienen la edad de sus hijas. Un concierto en el templo de San Ignacio y otro en el de Trinidad, con misa previa oficiada por nuestros dos obispos, dejaron testimonio de este trabajo, que tendrá continuidad. Por un lado, la Escuela de Música se ha ofrecido a profundizar el proceso de capacitación que los propios beneficiarios han solicitado, con todas las dificultades que la geografía y los problemas de agenda imponen. Por otro, ellos se han comprometido a servir de correa de transmisión para socializar sus conocimientos entre los niños, adolescentes y jóvenes de sus comunidades, sin distinción de sexos. Si en la época de las misiones sólo los varones eran músicos, mantener tal costumbre en nuestros tiempos resulta anacrónico.La relación con los músicos trinitarios complementa la que hemos establecido con los taitas de San Ignacio, a cuyos músicos se han unido los nuestros en todas las celebraciones religiosas en las que participan. La ilusión del relevo generacional que indujo a María Jesús Echarri a fundar la Escuela de Música, es hoy una realidad.Y si el recinto que alberga el Archivo Misional de Moxos garantiza la conservación de tantos manuscritos añejos en condiciones óptimas de temperatura y humedad, sometidos previamente a un complejo proceso de desinfección, limpieza y planchado por parte de especialistas ignacianos, era indispensable elaborar un registro digital de todos ellos para facilitar el trabajo de los investigadores sin exponer las copias originales y para evitar la pérdida de todo el material en el caso hipotético de una catástrofe. Para ello recabamos la ayuda económica y técnica de la ONG Taupadak, de la localidad vasca de Irún, que tutela desde hace años a nuestra Escuela de Música y lleva más de una década acompañando las reivindicaciones indígenas en la Amazonía boliviana, resumidas en dos conceptos: territorio y dignidad. Dos de sus miembros, Fernando De La Hera y Mónica Sagüés, se capacitaron primero y fotografiaron o escanearon después alrededor de 17.000 páginas de música o de texto, que son con las que cuenta actualmente la impresionante colección moxeña.En la mayor parte de nuestras exploraciones contamos con la inapreciable ayuda de músicos trinitarios que nos acompañaron, nos proporcionaron valiosas informaciones, nos facilitaron los contactos y se convirtieron en colaboradores imprescindibles. Por encima del resto, tenemos que destacar los nombres de Nemesio Yuco y Primitivo Guaji, con los que llegamos a formar un equipo compenetrado. El apoyo logístico y moral de instituciones como la Pastoral Indígena, el EPARU (Equipo de Pastoral Rural) y el SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Protegida) contribuyó al éxito de nuestra empresa.Porque tememos más al estancamiento que a los retos y creemos que la labor de investigación de campo de la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos es el complemento idóneo a la de gabinete que realizan otros especialistas, vamos a seguir buscando. Porque si buscamos, encontraremos. Y porque esta nueva faceta de la Escuela de Música, a través de la cual estamos estrechando los lazos con los músicos empíricos de las comunidades, trinitarios en su mayoría, representa para nuestra entidad un reencuentro con sus raíces, que colma de sentido a toda su actividad y justifica su propia existencia.




Aporte del señor Aldo Seta

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