La Revolución de los Sabios. Una alternativa a la propiedad intelectual
Los animales no tienen leyes positivas porque no están unidos por el conocimiento
Montesquieu
Marx afirmaba que las leyes son los martillos que esculpen las sociedades. ¿Pero, quién empuña tan pesado martillo? En la Sociedad Occidental, situados dentro de los límites de un Orden Constitucional, un Estado de Derecho y una Democracia Parlamentaria, debemos señalarnos a nosotros mismos como autores: los ciudadanos libres e iguales somos escultores de la sociedad en que vivimos. Pero no debemos olvidar que, tras esta sentencia tan optimista, se esconde una realidad que no coincide exactamente con el modelo: el camino no está libre de obstáculos, son muchas las fuerzas que nos constriñen y cotidianamente debemos enfrentar innumerables imponderables que aportan una considerable dosis de contingencia y riesgo a nuestro futuro. La voluntad de ser se ve influida por las estructuras sociales del presente, estructuras que son el legado inmediato del acontecer pasado y que a la par son afectadas por esa voluntad primera de ser en una intrincada relación causal entre actores y escenarios construidos que fluyen, y mutuamente se influyen, en el devenir de la sociedad. Alcanzar el nivel de control que sobre nuestro destino gozamos los ciudadanos de Occidente ha sido resultado de factores ambientales, luchas entre grupos de poder, entre clases sociales, influencias de algunos grandes personajes y de innumerables actores anónimos. La misma libertad que gozamos conlleva el mutuo reconocimiento de la legítima controversia, de la discusión por determinar que caminos seguir que nos lleva a una conclusión muy debatida: ser libres, que todos seamos libres, limita, en apariencia, las posibilidades absolutas de elección individual en pro del acuerdo colectivo hijo de la voluntad general. Por todo ello el deseo común de ser no deja, no puede dejar de constituir la suma de cosmovisiones individualidades de la cuales emerge el acuerdo en forma de corrientes ideológicas y movimientos sociales de pensamiento y acción que a la par influyen y modifican esas cosmovisiones individuales coadyuvando a su edificación: la libertad se construye cotidianamente o sencillamente no existe, por eso es necesario que los ciudadanos expresemos la objeción, la dispersión y la diferencia de opinión para provocar el movimiento. Si permanecen latentes la sociedad se estanca. No es suficiente con pensar como ciudadanos, sino que se exige de nosotros que obremos como tales. La ciudadanía es actividad y participación, ellas generan la dinámica social como expresión de la libertad, libertad que al fin legitima la objeción, la dispersión y la diferencia en búsqueda del cambio social. Tal legitimidad debe ser la fuerza que filtre el acuerdo tras la discusión, pero, sin participación, ¿es posible la discusión? Sin discusión, ¿qué legitimidad tendrá el acuerdo? Sin participación ciudadana la estructura social que permite hoy en día la praxis de la libertad deviene, aunque ganada, desperdiciada y al fin destruida. No dilapidemos la herencia de nuestros mayores: somos hijos de nuestro pasado, y esto nos hace libres en el presente y responsables del legado de las generaciones futuras. La coyuntura actual nos debe animar a aprovechar esta situación históricamente singular. ¿Cuantas generaciones sucumbieron bajo el yugo de la opresión sin límite? ¿Cuántos vivieron toda su vida sin una sola oportunidad de libre elección? ¿Cuántos soñaron con un pueblo soberano? ¿Cuántos con poseer la libertad que ha nosotros nos deja tantas veces impasibles? Parece que olvidamos demasiado pronto el pasado y nos gusta esconder el miedo a tomar la iniciativa tras la afirmación de que, como siempre ha sido, nada podemos hacer. Hipócritamente negamos la libertad para negar la responsabilidad y encontrar una inconsistente paz dónde dormir el sueño de la indigencia ciudadana. No deja de ser cierto que la angustia existencial y la desesperación son los azotes de la sociedad capitalista que entre todos construimos, pero en ningún lugar ni momento de la historia del hombre alguien propuso que vivir en libertad sea un paseo triunfal sobre el destino. Jamás. Hasta que los liberales inventaron el fin de la Historia sobre el que bien podríamos dormir otra siesta de dos mil años entre pesadillas de opresión y miseria espiritual. A veces crece en nosotros la intuición de que el hombre desea la libertad por encima de todas las cosas, pero que, una vez alcanzada no sabe que hacer con ella, se aburre enseguida y la deja olvidada a un lado, como un niño caprichoso que al fin, después de mucho insistir, consigue aquel vanamente deseado juguete. Pero se trata de sólo de una intuición exógena, un lugar común: lo cierto, en mi opinión, es que la libertad de la que gozamos también sirve a los que no gustan de ella sino para sí mismos. Éstos no pierden la oportunidad que les brindamos para decirnos que tal libertad, la nuestra, la de todos, no vale para nada. La peor enemiga de la libertad ciudadana es ella misma, pues nos damos la obligación de respetar, escuchar y tener muy en cuenta no sólo a quienes disienten dentro de los mismos ámbitos de la democracia sino a todos aquellos que no la desean. Por todo ello debemos cuidarla con diligencia y no olvidar que el enemigo campa a sus anchas, como nosotros, y por que nosotros así lo disponemos. La dejadez, el miedo a ejercer como ciudadanos sólo beneficia a quienes buscan su interés por encima de todas las cosas lejos de los valores humanos que conforman nuestra conciencia colectiva, conciencia que tardamos siglos en componer. ¿Dejaremos que se diluya como si ningún valor tuviera? ¿Permaneceremos escondidos lamiéndonos las heridas mientras una diminuta porción de la sociedad hace su voluntad, se abroga todo beneficio y poder y reconstruye la conciencia de las generaciones futuras? ¿Cómo será la conciencia de nuestros hijos si nosotros, que gozamos del más elevado control sobre el destino del que jamás fue soñado, obramos como esclavos? Ahora somos libres, ¿no importa la libertad si conlleva luchar responsablemente por una sociedad justa? ¿Cuántas razones esgrimimos cotidianamente para justificar la indolencia e indiferencia individual y colectiva? ¿Cuántas veces repetimos "no podemos" y realmente enmascaramos un ¬-muchas veces comprensible pero jamás aceptable- "no nos atrevemos"? La indiferencia no cae en saco roto: un coro de voces se levanta desde infinidad de medios de comunicación, desde algunos centros políticos, desde ciertas élites científicas y seudo científicas para generar la tendencia: repiten insistentemente que nada podemos hacer, que el destino es inescrutable, que las cosas son como son, que la historia ha llegado a su fin y que el hombre sólo es libre de vivir las cadenas que él mismo se ha puesto. (Es paradójico: tantas manos invisibles producen un ruido atronador.) Aseguran que el poder que gozamos nos fue cedido voluntariamente por las élites económicas y estatales, que nada ha sido ganado por la ciudadanía en sus luchas cotidianas, sino que gozamos de una mera concesión de los poderosos. Pero es tan ingenuo aceptar que nos regalaron el poder como negar que intentan arrebatárnoslo de nuevo por todos los medios a su alcance. ¿Quién nos quiere convencer de que nada podemos hacer ante el destino? ¿De que somos impotentes? ¿A quién interesa que la historia se acabe? ¿A quién que el destino deje de ser construido por ciudadanos libres de decidir su camino? ¿A quién interesa la sumisión? ¿Quién busca que nos dejemos de preguntar por la naturaleza de las cosas? ¿A quién beneficia el desánimo? ¿Quién sonríe cuando callamos? ¿Quién cuando permanecemos postrados en la inacción? Las únicas cadenas que nos pesan son las de la resignación, que no son fáciles de romper, más si algunos se empeñan en hacerlas más pesadas y cortas, pero ciñendo nuestro interior espiritual es cuestión nuestra hacerlas añicos, tan pequeños que se confundan con la arena de los caminos. Pero es urgente, no tenemos todo el tiempo del mundo, la libertad se esfuma en un instante: apretemos las manos en torno a las riendas de la sociedad antes de cederlas por dos mil años más, antes de que se apague nuestra conciencia, antes de que normas ajenas nos impidan respirar y ya no seamos responsables, perdida irresponsablemente de nuevo, la libertad. El martillo escultor aún lo sostiene nuestra mano, por tanto, nuestro es el presente. ¿Y qué ocurre en el presente? De esto trata este ensayo. Ocurre que una nueva sociedad se construye. Algunos la llaman con admiración, quizá con orgullo contenido, la sociedad del conocimiento, pero jamás en la historia del hombre se impulsó un cambio social de tales dimensiones sumergido en tan oscuro océano de desinformación y desperdicio de conocimientos. La sensación insuflada en la conciencia colectiva desde los medios de comunicación de masas es que caminamos hacia un mundo más justo sostenido por la inmensidad del saber humano. Sobre el saber, nos dicen, edificamos la sociedad del siglo XXI, donde el progreso marchando a toda máquina sobre vías capitalistas se garantiza a través de la producción de cantidades enormes de nuevos y revolucionarios conocimientos que activan y reactivan el crecimiento de la economía, único camino para asegura el bienestar de la humanidad. A primera vista parece interesante, desde luego, pero tal sociedad del conocimiento impone un precio, demanda e inventa una nueva Institución sin la cual, asegura, no es posible su desarrollo. La condición sine qua non de la rutilante sociedad del saber es que las ideas deben ser propiedad privada, que se puede y se debe comercias con ellas, que son la mercancía necesaria para los mercados emergentes. El proceso de legitimación se encuentra en marcha y a plena potencia fundamentado en una propuesta central: nos aseguran que las ideas deben ser propiedad privada para proteger a los autores, científicos y artistas que generan los nuevos conocimientos motor de la nueva sociedad; que no hay otro camino posible, ni alternativa para recompensar su trabajo, ni posible vuelta atrás, ni esperanza de cambio futuro. Tal suposición, que no desea admitir contestación alguna, se inyecta pausadamente, en dosis muy pequeñas, dentro de la conciencia colectiva, ablandándola, domándola, sometiéndola al nuevo bocado y espuela con la parsimonia propia de un experto domador de caballos. Desean que aceptemos la existencia de una propiedad –dicen que especial- que niega la libertad de todo hombre de aprender lo que se le antoje por el camino que quiera con la sola limitación de sus capacidades y su voluntad, que niega la libertad del hombre de vivir de acuerdo a cuanto conozca y se gane de acuerdo a ello la vida con dignidad, que niega que seamos propietarios de nuestra alma desde la propiedad universal de la conciencia humana. Nos inoculan la sumisión a una propiedad tan especial que sólo sirve para que otros se apropien en exclusiva de nuestras ideas, pensamientos y sueños. Pero quizá sea el momento de efectuarse algunas preguntas: ¿La propiedad intelectual es coherente con la naturaleza del conocimiento? ¿A quién beneficia principalmente que las ideas sean legalmente propiedad privada? ¿Son incontestables los argumentos que se esgrimen para justificar tan enorme expropiación universal? ¿Qué fuerzas se han puesto en movimiento para que aceptemos la patente como un derecho natural? ¿Cuáles son los planteamientos utilitaristas en su defensa? ¿Quiénes son puestos al frente, como títeres, para que reciban las críticas de la mayor parte de la sociedad que no acepta tales pretendidos derechos? ¿Quiénes se esconden tras los títeres, sin responsabilidad, pero guardándose el título de todos los nuevos haberes resultantes de la expropiación? Y por otro lado, ¿en qué marco histórico se intenta imponer tal Institución? ¿Qué la ha provocado? ¿Cuáles son sus consecuencias inmediatas y a largo plazo? ¿Qué aceptemos la propiedad privada de las ideas conlleva un cambio tan profundo de la sociedad tal y como insinúo? En otro orden de cosas: ¿es posible la idea de inteligencia colectiva si privatizamos las ideas? ¿Planeamos sobre la desintegración final y apoteósica de la idea del ser humano como unidad que comparte un destino común sobre la Tierra? Si dejamos de compartir las ideas, ¿qué nos queda por privatizar? Y en el terreno de las relaciones de producción: ¿Afecta la propiedad intelectual a las relaciones de producción propias del capitalismo? ¿De qué forma? ¿La propiedad intelectual supone una fractura entre el trabajador tradicional y el nuevo trabajador del conocimiento? ¿Y entre el simoniíta y el capitalista? ¿Qué ocurre con la competencia y el libre mercado? Son muchos los interrogantes, pero se pueden resumir en dos: ¿Quiénes son los simoniítas y qué quieren de nosotros? Y lo que es aún más importante: ¿Por qué razón vamos a dejar que nos impongan su dictado? ¿Acaso no existen alternativas? Es hora de enfrentarse a la propiedad intelectual y a la cosmología simoniíta como productoras de nuevas realidades sociales. La llamada sociedad del conocimiento se levanta poco a poco generando contradicciones y fracturas sociales desconocidas hasta el momento, pero nos encontramos algo despistados y buscamos las razones de muchos problemas de esta nueva sociedad en cuestiones que son neutras, que no contienen ideología ni expresan, en sí, los intereses de grupo alguno, -como es el caso de la tecnología de la información, y que de por sí no determinan el ser de la sociedad, olvidando que observamos las consecuencias del debe ser aplicado a los diferentes instrumentos; debe ser que por fuerza sí contiene ideología. Un instrumento, una herramienta cualquiera no puede ser valorada moralmente, pero sí se puede valorar moralmente la ley que administre su uso. Ingentes trabajos sobre el estado de la técnica y la tecnología predisponen nuestro análisis hacia un continuismo sobre la tendencia común a cuestionar la herramienta y se abandona el camino de inquirirnos sobre los aspectos que prescriben su uso. Además, tengamos en cuenta que, en algunas ocasiones, y muy a pesar del sistema democrático, las leyes no son generadas por la voluntad general sino que tal y como argumentaba Trasimaco en La República de Platón, de facto nos vienen impuestas por los intereses de uno u otro grupo de poder. Éste no es el ideal general, ni la norma que debamos construir en la realidad democrática cotidiana, pero es lo indudablemente cierto en algunos casos particulares; por esto, si los resultados del juego no nos gustan, en vez de mirar con ademán inquisitorio a las herramientas, sería aconsejable analizar las reglas del juego, la ideología de las cuales emanan y los grupos de interés que las promueven. La sociedad del siglo XXI se enfrenta a problemas inéditos porque existen normas inéditas, porque se desea, al menos por una parte de la sociedad, jugar a nuevos juegos que benefician sólo a esa reducida parte de los jugadores. En este ensayo me referiré concretamente, como he dicho, al juego de la propiedad intelectual. Lejos de asumir la perfección de estas normas realizaré una crítica de las mismas, pues considero que no se debe comprender la sociedad de la información -que se estructura bajo estas normas que administran el conocimiento- como un hecho inamovible referido a un estado de la técnica y la tecnología: vivimos una versión de esta sociedad, y, desde luego, la propiedad intelectual no es el menor de los factores que entran en su conformación. La sociedad industrial del XVIII evolucionó en los siglos XIX y XX hasta llegar al Estado del Bienestar sin arrinconar la tecnología propia de cada siglo, sino variando sólo las relaciones de producción, en definitiva, variando las normas que rigen tales relaciones. Si bien admito que Marx no se equivocaba en su momento -cuando afirmaba que las leyes que administran el sistema de producción son posteriores a la aparición del mismo sistema, siendo las leyes quienes, legitimándolo, prestan el acabado final a la bien esculpida realidad social- en el caso del nuevo sistema de producción fundamentado en la propiedad intelectual esto no es posible, pues la ley es el mismo sistema generador. Además este sistema deja de constituir estrictamente un sistema de producción para serlo sólo de generación de beneficios: el papel de la producción pasa a segundo término, es un aspecto residual que tiende, en el modelo ideal, a valor próximo a cero. La fuerza de trabajo deja de ser necesaria para el capital y la sociedad sufre una fuerte sacudida, pues la necesidad de producir riqueza para obtener beneficio se desvanece de forma proporcional a las regalías y tempos otorgados a la patente, el copyright y otras formas monopolísticas que tienen como objeto el conocimiento humano reedificado y posteriormente simonizado. Entretejido con el sistema capitalista brota el nuevo sistema simoniíta; nos encontramos, por tanto, en una fase de transición hacia la nueva economía del conocimiento que cambiará la faz de la sociedad. Pero la gravedad del asunto no nos debe desanimar, sino todo lo contrario; recordando a Aristóteles: "la justicia es algo social, es el orden de la sociedad cívica" eso podemos aspirar a una sociedad futura distinta, más justa, aprovechando las oportunidades que la tecnología nos brinda solamente con variar la orientación que a su estructura de uso le demos desde la norma: para variar el orden de una bastará, en parte, con modificar la otra. La misma artificialidad del sistema de propiedad intelectual es su debilidad y la oportunidad histórica que debemos aprovechar para modificar lo que entre todos consideremos oportuno: la economía simonita se desarticula con un sencillo Decreto de Ley. Por tanto, en este ensayo trataré de la rectificación a la que aconsejo someter los Derechos de Autor para alcanzar una sociedad más justa; justicia a la cual jamás debemos renunciar porque, "¿cabría mayor absurdo que pensar que los seres inteligentes fuesen producto de una ciega fatalidad?" Conocimiento, tradición y simonismo Desde que el hombre es hombre incluso el más mísero de entre todos ellos detentaba la libertad de saber sin más límite que su propia voluntad, las capacidades que la naturaleza le otorgase y la educación que por suerte tuviera. Incluso en una sociedad carente de res pública formal, tradicionalmente el conocimiento se comparte y pertenece por derecho a todos y cada uno de los componentes de la sociedad, por tanto, el más pobre tiene tanto en el ámbito del saber como el que posee muchas cosas materiales, así la res publica siempre fue y debe ser, al menos, conocimiento. Se han dado casos en algunas sociedades humanas en que alguno de sus miembros han ocultado conocimientos a sus congéneres, pero ha sido siempre con la intención de dominarlos y someterlos para sacar provecho particular de ello: es el caso de los chamanes, dictadores, curas, y ahora, los simonitas. En términos generales los liberales negarán que el hombre haya compartido históricamente el saber y, justo al contrario de lo que digo, afirmarán que en los casos en que el saber ha circulado libremente ha sido en perjuicio de los intereses de los autores y al fin de toda la humanidad. Sin duda nos sacarán a relucir, a falta de cosa mejor, algunos preceptos y leyes harto manoseadas como el Statute of Anne, como si aquella ley perteneciera a la prehistoria y sirviera como garantía consuetudinaria. Desde luego juzgo osado presentar como pedegree absoluto de estas leyes la interpretación interesada de un título, (que además más tiene que ver con los intereses recaudatorios del Estado y la censura religiosa que con la defensa de los derechos de los autores) que no pasa de ser mera curiosidad para incluir en un juego de Trivial (r). Las breves y casi escuetas enumeraciones sobre leyes que supuestamente protegían a los autores y que sistemáticamente nos hacen sufrir en los manuales de propiedad intelectual más que demostrar su rancio abolengo son exposición de su bastardía y más les valdría, por evitarnos la vergüenza ajena, el obviarlas. Lo cierto es que incluso desde su relectura de la historia poco pueden encontrar que no sea anecdótico más lejos del siglo XIX. Es en este siglo donde aparecen, -y como digo, sólo en Occidente- leyes sobre propiedad intelectual propiamente dicha y registros de patentes.) Es decir, que se otorga el saber en propiedad excluyente con el supuesto objetivo de proteger la idea del autor. Con algo más de cien años de historia no podemos decir que exista un interés secular de los autores y científicos por impedir la copia de sus manuscritos o la expresión material de sus ideas, y menos para que el Estado legislara en tal sentido: al autor le ha interesado la búsqueda de la verdad y la divulgación de tal verdad por encima de cualquier otra consideración; cuestión que por más que se la expliquemos a un burgués no conseguirá comprender jamás. Tradicionalmente, el avance cultural del hombre se ha producido sobre este interés y no sobre intereses materiales. Después de catapultar hacia nuestras posiciones su recurrido Statute of Anne y otros proyectiles de tan difuso calibre consuetudinario, y cerciorarse que ni siquiera son capaces de alcanzar nuestra fachada argumentativa, probarán con una especulación algo más seria, la utilitarista: los autores deben ser protegidos, pues sus derechos como trabajadores no son respetados si no existe la propiedad intelectual. Les debemos preguntar: ¿La protección de los autores, como trabajadores, se puede efectuar de otra forma más justa que la propuesta por los liberales como adjudicación de una supuesta propiedad exclusiva del saber desarrollado? No deja de parecerme curioso que sean estos hombres amantes de la libertad absoluta del mercado de súbito se tornen tan pródigos con los trabajadores científicos, artistas y similares postulando monopolios interminables. Tal proceder, desprendido incluso, provoca una razonable desconfianza llegando de quien llega. ¿Por qué legislar para que el desarrollo de un saber sea premiado con un monopolio de tal suerte que además suponga la conservación íntegra de la propiedad y del derecho exclusivo de materialización de ese saber que nos permita dejar de trabajar en medida proporcional a la dimensión de la prerrogativa? ¿Por la sencilla razón de que necesitamos premiar al sabio y se nos ha ocurrido tal fórmula, y porque tal fórmula se puede llevar a la práctica de forma tan sencilla como irreflexiva? ¿No existe alternativa? ¿La propiedad sobre el alma o nada? Pues sí, plantearla como única solución universal es la razón que sostiene tales derechos. Cualquier alternativa viable la desarma. Debemos soñar una sociedad donde el valor del objeto del conocimiento no resida en la imposibilidad de que nadie pueda imitar con el mismo saber el objeto, es decir, un valor monopolístico material, sino en el saber hacer y la vitalidad que cada individuo sea capaz de transmitir al objeto, objeto que debe ser juzgado desde un criterio de uso y no de beneficio, justo lo contrario a lo que ocurre ahora tal y como nos aseguraba Marx y nos recordaba Albert Einstein,: "La producción (capitalista) está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso." La propuesta fundamentada en el valor de uso nos asegura que la venerada liberal-competencia de los mercados se produzca entre hombres libres de saber y que la virtud de querer saber, la habilidad, la experiencia y el interés de alcanzar la perfección en cada una de las ocasiones sea la garantía de la felicidad y no la eliminación de la posible competencia que haga innecesarios mayores esfuerzos. No se trata de subsistir por el beneficio que me aporta el que tú no puedas cantar mi canción sino por el beneficio que obtengo cada vez que la canto mejor que tú. Entonces, compiten de nuevo los hombres en igualdad de condiciones lo que obliga a desarrollar las habilidades individuales y a ejecutar con suma perfección cada uno de los objetos o servicios que producimos. El trabajo recupera su valor como herramienta que dignifica al ser humano: sería un trabajo que lejos de alienar nos engrandecería como personas, pues cada uno materializa el saber como le venga en gana y de acuerdo a sus capacidades naturales, sus capacidades adquiridas, su actitud, etc. Se recupera la cotidianidad de la creación hija del trabajo ya que nos podemos apoyar en todo lo conocido para crear cosas, servicios y conocimientos nuevos. (Y fíjense que hablo como si fuera liberal.) Este tipo de competencia sería más enriquecedora para la sociedad y para cada uno de los seres que la componen ya que la competencia se producirá desde la libertad del espíritu. El enemigo es creado por el mercado para que el propio mercado funcione en su brutal asignación de unos beneficios que se hacen menores para el conjunto de la sociedad, amen de las indiscutibles y enormes perdidas que se producen en tal proceso de distribución de la licencias de utilidad. En la situación que propondré no será necesaria la figura de la propiedad intelectual; según esta propuesta, que iré perfilando poco a poco, los hombres podrían vivir de su trabajo sin ser necesario expropiar a nadie de su derecho a saber y de su libertad de materializar lo que sepa como mejor pueda de acuerdo a su saber hacer. Los inalienables derechos del trabajador intelectual deben ser respetados, sin duda, pero nada nos indica que el camino adecuado sea el de expropiar al resto de los hombres de la sustancia de su espíritu ni negarles la utilidad de esa sustancia. Y un inciso, teniendo en cuenta la importancia que detentan en nuestra sociedad debo hacer referencia especial a los productos industriales de consumo: esos que van unidos a un saber patentado, -supuesta propiedad sobre lo abstracto que automáticamente supone monopolio sobre lo tangible-. Podemos asegurar que con estas leyes se intenta prestarles el carácter de inimitables a obras que de tan vulgares cualquiera que disponga de capital y saber hacer suficientes puede reproducirlas. Sólo lo impide una Ley. El hombre no aporta valor distintivo alguno al objeto particular. Es la máquina y el hombre laminado que repetitivamente moldea una realidad que toma valor por ley, a fuerza de ley, pues situado el objeto en el mercado liberal en libre competencia, en sí mismo, valdría mucho menos. Así, la inmensa mayoría de las plusvalías le son otorgadas por Ley y se llaman plusvalías monopolísticas. Ya sé que gracias al conocimiento -y no a la propiedad intelectual- podemos llevar un reloj de pulsera muchos de nosotros, pero mi intención no es que se dejen de fabricar relojes en línea sino que se pague por ellos exactamente lo que valen como objetos con número de serie, pues lo que es un absurdo es que lo sean y nos sean cobrados como objetos únicos, irrepetibles, y todo porque una ley otorga al que desarrolla un conocimiento noventa años y un día de monopolio sobre su expresión material. Lo paradójico es que tales propuestas vengan embutidas en un traje de sastre confeccionado artesanalmente a su gusto y medida. Un simonita y su traje único como expresión sui generis que una persona ha sabido concretar desde el conocimiento universal: así les gusta. Y no se encuentran tan equivocados en esto, sino porque persiguiéndolo ellos se lo niegan a los demás. Quizá la solución resida no en la posesión de bienes sino en su disfrute, en la capacidad humana de disfrutar los bienes: en ese caso sobre todo sería valorada la calidad humana del objeto antes que la cantidad y por supuesto la posibilidad de que esto bienes nos sean útiles. (Como hemos podido comprobar la propiedad intelectual produce justamente lo contrario a lo que el sentido común aconseja, yendo al punto en que la utilidad de una riqueza existente es anulada para que el comercio de licencias de esa misma utilidad, ya rarificada, genere beneficios en el mercado.) Esto limitaría la necesidad porque lo útil tiene un límite próximo; sin embargo la necesidad de poseer en exclusiva no. Un objeto fabricado por un artesano detenta un valor porque a fuerza de crearlo deja una parte de sí mismo sobre el objeto, -es aquella expresión material de un saber hija de su saber hacer-, ese valor humano barniza lo material y las personas lo aprecian y deja de ser una cosa cualquiera para ser el objeto concreto distinto de cualquier otro del universo que se adapta exactamente a mis necesidades. En este punto creo conveniente preguntar: ¿Acaso no es posible que la alternativa a la sociedad orientada al acaparamiento de riqueza a través del intercambio infinito que ancla al hombre en lo material sea otra sociedad orientada al uso que libere al hombre de lo material? Esta propuesta de recuperar la obra del hombre como valor singular será recogida con cierta desconfianza por los liberales, -¿de vuelta a los gremios?- dirán, pero no tiene nada que ver con esto y ellos lo saben y yo adelanto que sé que lo saben: se trata de que cada hombre compita con su saber hacer. Que cada uno sea libre de trabajar como mejor sepa. ¿Esta propuesta no es netamente liberal tanto como socialista? Pero los simonitas, encarnados en fuerzas económicas apoyadas por Instituciones estatales y supranacionales, desean alterar las normas establecidas secularmente en la sociedad para dirigir en su propio beneficio un muy limitado derecho de expresión de los conocimientos marchando sobre las bases del sistema de mercado capitalista. Esta alteración, tal y como sostengo, persigue el provecho de unos pocos. Pero, ¿podemos realmente identificar algunos de esos agentes sociales? ¿Quiénes son y qué esperan obtener concretamente de toda esta revolución? Anthony Wayne, Secretario de Estado adjunto para Asuntos Económicos y Comerciales de EEUU, declaró el 23 de abril de 2002 ante la Comisión de Asignaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos que "La protección de los derechos de propiedad intelectual es esencial para el éxito económico permanente de Estados Unidos. Una creciente cantidad de socios comerciales de Estados Unidos" añadió, "comienza a comprender que su crecimiento y desarrollo futuro dependen de una participación activa en la economía mundial basada en los conocimientos. Y esta participación es difícilmente posible sin la adecuada protección de los derechos de propiedad intelectual." Estas fuerzas tienen claro que existe una diferencia entre la economía tradicional basada en productos y servicios concretos y la nueva basada en los conocimientos que se desea imponer. La economía del siglo XXI no se quiere fundamentar en un mercado donde se comercie con la propiedad de productos tangibles o en la prestación de servicios concretos necesitados de fuerza de trabajo o bien en la aportación de mayores fuerzas inversoras para aumentar la producción. E insitos en que "no se quiere" porque se modifica activamente el mercado tradicional y se propone una nueva economía, una nueva forma de relacionarse en los mercados donde el conocimiento tendrá un papel central no como factor de producción inseparable del saber hacer de cada ser humano sino como producto en sí. La sociedad de la información "basa su actividad en la consideración de la información como un bien con valor económicamente evaluable, susceptible de constituir objeto de negocios". Ya lo advertía en ese mismo sentido el dr. Kamil Idris, Director general de la Organización Mundial de la Propiedad intelectual, cuando afirmaba que "las actividades que llevó a cabo la Organización durante el año 2000, reflejan los importantes cambios que ha supuesto la nueva economía del siglo XXI, una economía basada en los conocimientos."En la Ley 43/1994 de la legislación española, donde se incorporó la Directiva 92/100 de la CEE referente a los derechos de autor, se dice a modo de exposición de motivos que "el desarrollo económico y cultural de los países depende hoy, en gran parte, de la protección que se otorgue por el ordenamiento jurídico a las obras literarias, artísticas o científicas a través de los derechos de propiedad intelectual." El saber público se transmuta en saber privado y a él se accede previo paso por caja, quien tenga la suerte de disponer de recursos suficientes. La revolución simonita es, como afirmo, esencialmente mercantil pero producirá una revolución social sin precedentes. A esta nueva sociedad sería más correcto denominarla valga la crudeza, "sociedad del desconocimiento" o "de la ignorancia", hija de las fuerzas imbéciles del mercado, tal y como las conocía Pierre Bourdeau pues vistas las crecientes trabas a la circulación y libre materialización del conocimiento existente, la forma positiva se me antoja grotesca. Dos cuestiones: primera, el mundo debe tomarse muy en serio las palabras de Anthony Wayne. Para subirse al tren del crecimiento económico y seguir el rumbo marcado por EEUU es imprescindible aceptar las reglas del nuevo juego económico o, de lo contrario, quedarse fuera, algo que, sin embargo, resulta imposible desde el momento en que las políticas emprendidas por EEUU son extremadamente agresivas; no se limitan a aconsejar el acatamiento de la propiedad intelectual, sino que dejan a los Estados la libertad de elegir entre respetarla o sufrir variadas sanciones económicas. De la misma forma se desea imponer mediante la coacción la observancia de los contenidos normativos de tal institución a todos los ciudadanos residan donde residan: todos sufrimos la violencia del "gran hermano" de los programas informáticos, las injuriosas advertencias del comisario político que nos ofende en nuestro propio hogar al comenzar cualquier película, la continua agresión desde los medios de comunicación de masas conceptuando de piratas a quienes osen prestar un CD de música o un videojuego. Sentimos terror al expresarnos por si la idea expresada ya es propiedad de alguien. La coacción y la brutalidad legal son evidentes para cualquier ciudadano. En segundo lugar, se pone demasiado énfasis no en defender el derecho del autor, sino más bien el derecho de propiedad intelectual, es decir, que si bien el fundamento primero que se esgrime es la protección del autor, lo que realmente se desea es proteger los intereses económicos de los propietarios del conocimiento. Como nos dice Hervé Le Crosnier, "El público crédulo cree defender a Flaubert o al cantante desconocido, pero se ve embarcado en el intento de "financiarizar" la cultura emprendida por Microsoft, Elsevier, Vivendi Universal y compañía". En este sentido la propiedad intelectual genera una nueva realidad para el ser humano. Se desea un nuevo derecho donde sustentar una nueva economía que posibilite un desarrollo económico nuevo, artificial y, como veremos, injusto con aquellos que no participan de estas actividades intelectuales, artísticas o científicas, o que sencillamente no poseen propiedad sobre saber alguno patentable e incluso con los trabajadores del saber, pues éstos serán expropiados de sus ideas a cambio de un salario tradicional.() "En la actual economía de los conocimientos, los activos de propiedad intelectual son la divisa más fuerte", nos dice Idris, y Pierre Lévy sentencia: "las empresas de la llamada ``nueva economía'' obtienen la mayoría de sus rentas de servicios intelectuales, copyright, licencias y patentes" Sólo debemos esperar a que el porcentaje de producto bruto de estas empresas sobre el total mundial se vaya incrementando para que podamos contemplar el alcance de lo que digo. Pero no lo olvidemos, mientras tanto, ellos van consiguiendo lo que quieren: hacer de las ideas fundamento de sus monopolios.
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