Nieve en Monte Grande

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9 de julio del 2007. Cae nieve en Monte Grande

Nuestras Islas Malvinas

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LAS MALVINAS SON ARGENTINAS

9.4.08

Latinoamérica-Colombia

Bogotazo


Sesenta años después del magnicidio el país no ha podido evitar el uso de la violencia para dirimir los conflictos políticos.

El ambiente político está caldeado. Desde las regiones llegan a Bogotá denuncias acerca de muertes y atropellos contra miembros del partido de oposición, el Partido Liberal. El caudillo de ese movimiento es considerado, tanto por las élites de su propia agrupación como por los dirigentes del partido gobernante, el Partido Conservador, como un político demasiado pasional y plebeyo.

En círculos influyentes se expresa un profundo desacuerdo con su estridente y sudoroso estilo de discursear. Lo ven como una amenaza a las tradicionales reglas de juego, que "encorsetan" la alta política en las juntas de notables, en los salones y campos de golf de los clubes y en las redacciones de los periódicos. Su continuo apelar al pueblo, la "guacherna" para sus adversarios, es visto como un juego irresponsable que puede socavar el control social de la plebe urbana.
El caudillo está en su hora. Tras su derrota en las elecciones de 1946, ha desbancado a los políticos bogotanos que se le oponían y que difícilmente lograrán atravesarle otra vez una candidatura de contrapeso. Las bases liberales pueden rebelarse contra un nuevo intento de dividir ese partido, con el fin de impedir la llegada a la Presidencia del caudillo Jorge Eliécer Gaitán.


Bogotá celebra en abril de 1948 el más importante evento internacional de su historia. La ciudad es la anfitriona de la IX Conferencia Panamericana, que se reúne para instituir una organización de Estados americanos, bajo la tutela de Estados Unidos. El caudillo del partido gobernante, Laureano Gómez, preside como canciller todo el proceso de preparación de la Conferencia. A pesar de las diferencias, los dirigentes tradicionales de los dos partidos coinciden en presentar ante los visitantes una cara moderna de la capital.
En los últimos años, decenas de edificaciones del centro han sido echadas a pique. Los arquitectos más influyentes consideran que el perfil de la ciudad es muy anticuado y son partidarios de demoler buena parte de estas. Sobre las ruinas del pasado colonial y republicano se levantan nuevos edificios públicos, apartamentos, hoteles.


Entre tanto, las clases populares, sin educación, sin salud y sin servicios públicos ni seguridad, se hacinan en inquilinatos o en barrios en los extramuros. En esos vecindarios los mítines de Gaitán, sus viernes culturales, son una auténtica fiesta que rompe la monotonía a través de la radio. Las arengas del caudillo, salpicadas de dichos populares, los unen profundamente al único político que reclama ser uno de los suyos. Y que además lo parece físicamente.
A pesar de su popularidad, Gaitán no hace parte del comité organizador de la Conferencia. El líder de las mayorías urbanas está excluido del acontecimiento más importante de su ciudad. El histrionismo que le acerca al pueblo tiende a alejarlo cada vez más de la figura respetable que en el fondo anhela ser. Sus detractores han construido la imagen de un Gaitán amenazante y repulsivo. Aunque toda su vida ha acatado el marco republicano, el caudillo liberal es presentado por los medios de comunicación de sus adversarios como un político irresponsable que apela a las más bajas pasiones de sus seguidores. Muchos caricaturistas que le son adversos, extreman sus rasgos físicos y lo convierten, desde sus prejuicios raciales, en un indio o en un negro. En una sociedad en la que la clase alta se considera de raza blanca, lo negro o indígena es usado contra Gaitán en los circuitos más influyentes del poder, para subrayar su carácter de extraño y advenedizo.


Arde Bogotá

Los que participan en la Conferencia encuentran una ciudad pequeña, que apenas alcanza a los 400.000 habitantes, pero con una intensa vida en las estrechas calles de su centro histórico. Tras arribar al aeropuerto de Techo, en el suroccidente de la ciudad, los diplomáticos de todo el Continente se topan a la salida con un monumento en el que ondean las banderas de sus países. Se desplazan luego hacia el centro por la recién inaugurada Avenida de las Américas. Sobre la carrera séptima están los hoteles que los acogerán, entre ellos el ya famoso Hotel Granada.

El viernes 9 de abril al mediodía, el presidente Mariano Ospina y su canciller Laureano Gómez presencian, acompañados de sus esposas, una exposición de ovejas en la Feria Agropecuaria. El participante más famoso e influyente de la Conferencia, el general George Marshall, secretario de Estado de Estados Unidos, se desplaza a un almuerzo a una finca en el occidente de la capital. Gaitán se apresta a salir a almorzar al recién construido Hotel Continental, sobre la Avenida Jiménez, a unos pocos minutos de su oficina. Pasada la 1:00 p.m., cuando sale a la carrera séptima, el caudillo cae fulminado por varios disparos. Los transeúntes, los oficinistas, los contertulios de los numerosos cafés del centro, los cientos que se rebuscan la vida en las calles se enteran casi de inmediato de la noticia. Gaitán es el amado de la calle. La estupefacción inicial da paso al dolor. Después, las emociones dominantes son la ira y el odio.


Los médicos de la Clínica Central adonde es conducido moribundo, solo pueden certificar su muerte. La calle siente que le arrebatan a quien había convertido sus rabias y frustraciones en esperanza. Sin el caudillo que transformaba las injusticias sociales en acción política, la calle se convierte en una potente y vandálica fuerza destructora. Gaitán había agitado las aguas de la emoción popular. También era el dique que contenía esas pasiones, algo que no previeron las poderosas fuerzas que jugaron a promover el odio y el miedo en su contra.
La masa, privada del dique de contención, del caudillo, reacciona contra algunos de los centros más visibles de poder. Apenas nacida, esa masa lincha al presunto asesino y arrastra su cadáver por toda la carrera séptima en dirección al Palacio de la Carrera, hoy Casa de Nariño. En el vecindario del Teatro Municipal, donde se celebraron muchos de los viernes culturales gaitanistas, queda tendido el chivo expiatorio.


No toda Bogotá es calcinada por la rabia de la masa. Arde parte del centro, pero la geografía de la destrucción es caprichosa. Arden el Palacio de Justicia, el Palacio Arzobispal, el Hotel Regina, la sede del periódico del presidente Gómez y cerca de un tercio de la flota de tranvías. La destrucción se concentra en unas cuantas manzanas. Ni Teusaquillo, ni La Merced, ni las quintas de Chapinero o La Cabrera son asaltadas por la muchedumbre. Al final de esa tarde de estéril destrucción, la lluvia y una tremenda borrachera colectiva impiden que los daños sean más definitivos.
En los meses siguientes se hace un detallado censo de las más de 130 edificaciones y negocios destruidos. Nunca se hizo un listado exacto de los cientos de muertos y heridos. Sus nombres permanecen en el olvido.


La Violencia

Gaitán murió pero sobrevivió como poderoso mito, manoseado por simpatizantes y malquerientes. Quienes lo criticaron despiadadamente fueron incapaces de promover una política que abriera oportunidades a las nacientes masas urbanas y al campesinado. A cambio, dejaron que el sectarismo y las balas remplazaran los argumentos y los programas.
Sesenta años después, el país aún no logra dejar atrás el uso de la violencia como continuación de la política. Influyentes círculos, sin distingo de partidos, permitieron tras el magnicidio, por acción o por omisión, que la violencia se expandiera incontenible. Las tenebrosas guerrillas y paramilitares de nuestra época, hunden sus lejanas raíces en la violencia que arreció tras el 9 de abril.
Referencias Históricas: Universidad Nacional de Caracas

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